6 de febrero, san Francisco Blanco, Pedro Bautista y compañeros, mártires, I y III Orden

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6 de febrero
SANTOS FRANCISCO BLANCO, PEDRO BAUTISTA Y COMPAÑEROS MÁRTIRES, I y III ORDEN
Memoria obligatoria para la Familia Franciscana

El abulense Pedro Bautista nació en 1542. Después de su ingreso en la Primera Orden Franciscana y de su ordenación sacerdotal, partió para Oriente, y en Filipinas trabajó muchos años predicando el Evangelio. Con otros cinco compañeros pasó en 1593 al Japón, como embajador de Felipe II ante el emperador. Trabajó denodadamente, convirtió a muchos a la fe y edificó iglesias y hospitales. Pero, al surgir en el país discusiones religiosas y políticas, quedó interrumpida la actividad apostólica, y Pedro Bautista fue apresado.
Entre escarnios del pueblo lo trasladaron a Nagasaki, y allí, junto con otros cinco religiosos franciscanos, diecisiete terciarios, el jesuita japonés Pablo Miki y dos de sus catequistas, padecieron el martirio, crucificados y alanceados, el 5 de febrero de 1597. El papa Pío IX los canonizó en 1862.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

 Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De las cartas de san Pedro Bautista, presbítero y mártir, camino del martirio
(Cartas del 4 de enero y 2 de febrero de 1597: Archivo Iberoamericano 5 [1916], pp. 303-309)

Perdimos nuestras vidas por predicar el Evangelio

A seis hermanos de los que acá estamos nos han tenido presos muchos días, y nos sacaron por las calles públicas de Meaco con tres japoneses de la Compañía, uno de los cuales era hermano recibido ya, y otros cristianos, que por todos somos veinticuatro. Y después de esto se dio sentencia que nos crucificasen en Nagasaki, donde ahora vamos de camino por tierra, que son más de cien leguas de Castilla, por ser en este mes y llevarnos a caballo, y muy bien guardados, porque llevamos algunos días más de doscientos hombres para nuestra guardia. Con todo eso, vamos muy consolados y alegres en el Señor, porque la sentencia que se dio contra nosotros dice que porque predicamos la ley de Dios contra el mandato del rey nos mandan crucificar, y a los demás por ser cristianos.

Los que tuvieren espíritu de morir por Cristo ahora tienen buena ocasión. Lo que yo siento es que se animarían mucho los cristianos si por acá viesen religiosos de nuestra Orden; aunque puede tener por cierto que, mientras durase este rey, no se conservarán muchos días en Japón en nuestro hábito, porque luego los trasladarán a la otra vida, ad quam nos perducat.

La sentencia que se dio contra nosotros traen públicamente delante de nosotros, escrita en una tabla. Dice que porque hemos predicado la ley de Nauan contra el mandato de Taycosama, y que en llegando a Nagasaki nos crucifiquen; por lo cual estamos muy alegres y consolados en el Señor, pues que por predicar su ley perdemos las vidas. Venimos seis frailes y dieciocho japoneses, contenidos en la sentencia; unos por predicadores y otros por cristianos. De la Compañía de Jesús viene un hermano y un dóxico y otro hombre.

Sacáronnos de la cárcel y subiéronnos en unas carretas, y a todos los dichos cortaron a cada uno un pedazo de una oreja, y así nos pasearon por las calles de Meaco, con mucho aparato de gente y lanzas. Volviéronnos a la cárcel, y otro día nos llevaron bien atados, las manos atrás, y a caballo, a Usaca; y otro día nos sacaron de la cárcel y nos pasearon en caballos por las calles de la ciudad, y nos llevaron a Sacay y allí hicieron lo mismo, y con pregón público en todas tres ciudades. Entendimos que nos quitarán las vidas, pero a la vuelta supimos en Usaca que mandaban viniésemos a Nagasaki a lo dicho.

Por amor a Dios pedimos todos con mucho fervor oren por nosotros, que el viernes que viene, creo, sin falta nos crucificarán, según lo que acá he oído. En ese mismo día nos cortaron en Meaco parte de una oreja. Por grandes mercedes de Dios tenemos todo lo dicho. Ayudas, hermanos carísimos, de oraciones, para que sean gratas a su Majestad nuestras muertes, que en el cielo, donde esperamos ir, Deo volente, seremos gratos, y acá no he estado olvidado de vuestras caridades, antes los he tenido y tengo en mis entrañas. Adiós, hermanos carísimos, que no hay lugar para más. Usque in coelum. Mementote mei.

RESPONSORIO                                                                                                 Cf. Ga 6, 14; Flp 1, 29
R.
Dios me libre de gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en quien está nuestra salvación, vida y resurrección. * Por él hemos sido salvados y liberados.
V. Dios os ha dado, gracias a Cristo, no sólo el don de creer en él, sino también el de sufrir con él. * Por él hemos sido salvados y liberados.

La oración como en Laudes.

Laudes

HIMNO

Como florece el almendro
presagiando primavera,
en Nagasaki florece
la mejor de las cosechas.

Veintitrés rosas purpúreas
donde el sol nace en la tierra,
en fuego de amor florecen
en primicia misionera.

Los hijos de San Francisco
hicieron la sementera;
y son fruto sazonado
cuando el tormento los siega.

¡Salve!, primicias de mártires.
¡Salve!, en Japón sois promesa.
Un nuevo pueblo de Cristo,
semilla de sangre, empieza.

¡Al Dios, Uno y Trino, gloria!,
que en las tierras japonesas,
la gracia del Santo Espíritu
fue en los fieles fortaleza. Amén.

Benedictus, ant. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.

Oración

Oh Dios, fortaleza de los santos, que has llamado a san Francisco Blanco, san Pedro Bautista y a sus compañeros a la vida eterna por medio de la cruz, concédenos, por su intercesión, mantener con vigor, hasta la muerte, la fe que profesamos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

HIMNO

Llega Javier a Oriente derramando
la luz del Evangelio que en él arde.
Brilla en Japón el verdadero Sol,
y la Iglesia apostólica renace.

Llegáis humildes, hijos de Francisco,
mensajeros de paz y de bondades.
Dios por vosotros da su vida y gracia,
enseña, sana, el cielo a todos abre.

El imperio sentencia a escarnio y muerte
por predicar a Cristo y confesarle.
En ansias de martirio ardiendo, corren
los fieles al tormento y a la cárcel.

Os traspasa el amor, cantáis su dicha
antes de que las lanzas os traspasen.
Nuevos Cristos, en cruz quedáis alzados,
fulgiendo vencedores del combate.

Fue la colina altar de cruces vivas,
la hizo Montaña Santa vuestra sangre.
Quedó inmortal la Iglesia en Nagasaki,
recién nacida, y ya fecunda madre.

¡Gloria por vuestra vida y vuestra muerte,
siembra y riego de nuevas cristiandades!
Por ellas le da gloria nuestro canto
al Hijo y al Espíritu y al Padre. Amén.

Magníficat, ant. Cristo, llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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