28 de mayo, santa Mariana de Jesús Paredes, virgen, III Orden

santa Mariana de Jesús Paredes

28 de mayo
SANTA MARIANA DE JESÚS PAREDES,
VIRGEN, III ORDEN

Memoria libre para OFM, TOR y OFS

Nació en Quito (Ecuador) en 1618. Huérfana desde su niñez, fue educada cristianamente por su hermana mayor. Consagró a Dios su virginidad y, al no poder entrar en ningún convento, emprendió en su casa una vida ascética, dedicada a la oración, al ayuno y a otros ejercicios piadosos. Recibida posteriormente en la Tercera Orden Franciscana, se entregó con gozo y amor a la ayuda espiritual de sus compatriotas, sin distinción de razas ni color. Murió en 1645. La proclamaron patrona del Ecuador. Pío XII la canonizó en 1950.
Del Común de vírgenes.
Himnos castellanos en el Apéndice I. 

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Homilía pronunciada por Pío XII, papa, en la canonización de santa Mariana de Jesús
(AAS 42 [1950], 611–612) 

Sigamos las huellas de Cristo

Aunque Mariana brillaba por la integridad de su inocencia, para expiar más bien los pecados de los demás que los suyos propios, extenuaba su cuerpo virginal con suplicios voluntarios, y especialmente con severos ayunos, atormentándolo con ásperos cilicios y azotándolo con durísimas disciplinas. Recorría las estaciones de la pasión de Jesucristo llevando una pesada cruz y recordando piadosamente los dolores del divino Redentor; y, amando intensamente a quien tanto la había amado, derramaba abundantes lágrimas. Se entregaba brevemente al sueño, a veces sobre el suelo, a veces sobre unos troncos desnudos, y la mayor parte de la noche se entregaba a la oración o a la contemplación de las cosas divinas, las rodillas en tierra y el ánimo levantado a Dios.

No todos entienden como se debiera, sobre todo en nuestros tiempos, este género de vida penitente; no todos lo tienen la estima que deberían; más aún: muchos en la actualidad le dan poca importancia, o lo consideran una incomodidad, o lo olvidan completamente. Pero es de advertir que, después de la miserable caída de Adán, con la que todos quedamos manchados de una culpa hereditaria y fácilmente inclinados a secundar la atracción de los vicios, la penitencia es absolutamente necesaria para nosotros, según aquellas palabras: Si no hacéis penitencia, todos pereceréis de la misma manera.

Porque nada vale más para reprimir los turbios movimientos del alma y sujetar a la razón los apetitos naturales. Y cuando por medio de la lucha salimos vencedores en esta batalla, aunque deberíamos, pisando las huellas de Jesucristo, crucificar en cierto modo nuestra carne, sin embargo, es dulce gozar también en esta vida de aquellos goces sobrenaturales que superan tanto a los placeres terrenos, cuanto supera el alma al cuerpo y el cielo excede a la tierra. Porque tiene la santa penitencia, tiene el castigo de sí mismo voluntariamente recibido, una cierta dulzura celestial que los caducos y perecederos bienes no pueden dar.

Esto experimentó con muchísima frecuencia Mariana de Jesús Paredes. Y cuando, impulsada por el amor de Dios y la caridad al prójimo, se mortificaba con ásperos castigos para expiar las culpas de los otros, perdidos los sentidos y arrebatada en éxtasis, gozaba algo de la beatitud sempiterna.

Formada así y perfeccionada con la gracia divina, no sólo se dedicó a su propia salvación, sino, en cuanto pudo, también a la de los demás. Porque, aunque no pudo ir a las gentes remotas para predicarles el Evangelio como vivamente deseaba, sin embargo, animaba a la piedad con la palabra, el ejemplo y la virtud a todos aquellos que se encontraban cerca de ella, y los exhortaba a comenzar o a insistir en el camino recto con oportunas razones.

Aliviaba con largueza las miserias de los pobres, socorría las dolencias de los enfermos, y, cuando las gravísimas calamidades públicas, como los terremotos y la peste, atacaban y aterrorizaban a sus conciudadanos, lo que no podía conseguir por el trabajo humano, se esforzaba por impetrarlo pidiéndolo en la oración y ofreciendo su vida en expiación al Padre de las misericordias.

RESPONSORIO                                                                                                     Col 1, 24; Gal 5, 24
R. Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, * en favor de su cuerpo que es la Iglesia. (T.P. Aleluya.)
V. Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con las pasiones y los deseos. * En favor.
La Oración como en Laudes

Laudes

Benedictus, ant. Ésta es la virgen prudente que, unida a Cristo, resplandece como el sol en el reino celestial. (T.P. Aleluya.)

Oración

Señor, Dios de misericordia, que hiciste florecer en santa Mariana de Jesús, como lirio entre espinas, la pureza y la austeridad de vida, concédenos, por su intercesión, vernos libres de todo pecado y tender a la perfección evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Mirad, la virgen esforzada sigue ya al Cordero que fue crucificado por nosotros; también ella, como el Señor, ha sido pura, una hostia inmaculada. (T.P. Aleluya.)

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.


SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s