12 de junio, beata Yolanda, religiosa, II Orden


beata Yolanda de Polonia12 de junio

BEATA YOLANDA,
RELIGIOSA, II ORDEN

Memoria libre para la II Orden

Hija del rey de Hungría, nació hacia 1235. Recibió una esmerada educación cristiana de su hermana mayor, la beata Cunegunda. De su temprano matrimonio con el duque Boleslao de Polonia nacieron tres hijas. A la muerte de su esposo, casadas dos de las hijas, ingresó, con la tercera, en el monasterio de Clarisas de Sandeck en el que también estaba su hermana Cunegunda. Forzada a abandonarlo por las incursiones de los turcos, ingresó en el que había fundado su esposo Boleslao. Resplandeció por su profunda humildad y por la asidua contemplación de la pasión del Señor. Murió en 1298. Fue beatificada por León XII en 1827.
Del Común de santas mujeres: para los religiosos
Himnos castellanos en el Apéndice I.

 Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De La vida perfecta (para religiosas), de san Buenaventura, obispo
(Cap. III, 1.6-7.9: San Buenaventura, Experiencia y teología del misterio, BAC, Madrid 2000, pp. 239.241-243) 

El culmen de la perfección consiste en la perfecta imitación de la pobreza evangélica

También la pobreza es una virtud necesaria para el cumplimiento de la perfección, pues sin ella nadie puede ser perfecto, como lo atestigua el Señor, que dice en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Ya que la suma perfección evangélica consiste en la excelencia de la pobreza, no crea haber conseguido la cumbre de la perfección quien no sea perfecto imitador de la pobreza evangélica.

Pero tú, virgen de Cristo; tú, esclava del Señor, ¿por qué te afanas por conseguir la riqueza, si has profesado la pobreza y vives entre los pobres de Cristo, si quieres ser hija del pobre padre Francisco y prometiste ser imitadora de la pobre madre Clara? Confunden grandemente, madre querida, tanto tu avaricia como la mía, ya que, habiendo profesado la pobreza, la trastocamos en avaricia cuando ansiamos lo no permitido, apeteciendo lo que la Regla prohíbe, mientras que el Hijo de Dios se hizo pobre por nosotros.

Bien sé, y ojalá así sea, que cuanto más perfectas seáis en imitar la pobreza evangélica, más abundaréis en bienes, tanto espirituales como temporales. Pero si hacéis lo contrario, despreciando la pobreza que prometisteis, seréis privadas de todos los bienes, temporales y espirituales.

La pobre Madre de Jesús pobre, María, dice: A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Lo que confirma el santo profeta, diciendo: Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan a Dios no carecen de nada. ¿No habéis leído quizás, no habéis oído lo que dice el Señor Jesús a sus discípulos en Mateo: No andéis preocupados diciendo: «¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber? Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso».

¡Oh sierva bendita de Dios! Acuérdate de la pobreza de nuestro Señor Jesucristo pobre, imprime en tu corazón la pobreza de nuestro pobre padre Francisco, recuerda la pobreza de tu madre Clara y, con todo empeño y con todo tu anhelo, únete a la pobreza y, abrazando a dama pobreza, no quieras amar bajo el cielo, en nombre del Señor, ninguna otra cosa, ni honores, ni bienes temporales, ni riquezas, mas procura observar fielmente, como prometiste, la santa pobreza. Porque tener riquezas y amarlas es infructuoso; amarlas y no tenerlas, peligroso; y muy difícil tenerlas y no amarlas. Resulta más útil, seguro y conveniente no tener riquezas ni quererlas, y es un acto de virtud, ya que el consejo del Señor sobre la pobreza y su ejemplo deben impulsar a todo cristiano y encender en él el amor a la pobreza.

¡Oh bendita pobreza, qué dignos de ser amados por Dios y qué seguros en el mundo los que te aman! Porque «quien no tiene nada que amar en el mundo -como dice san Gregorio- no tiene nada que temer».

RESPONSORIO
R. He despreciado el mundo y sus atractivos por amor de mi Señor Jesucristo. * A quien he visto, a quien quiero, en quien he creído, a quien amo.
V. Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey. * A quien he visto.
La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre», dice el Señor.

Oración

Oh Dios, que con el ejemplo de la beata Yolanda nos has enseñado a preferir el seguimiento humilde de Cristo a las riquezas y honores de este mundo, concédenos anteponer los valores eternos a los caducos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Vosotros, los que lo habéis dejado todo y me habéis seguido, recibiréis cien veces más y heredaréis la vida eterna.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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