Liturgia de las horas: 8 de julio, santos Gregorio Grassi, obispo, y compañeros mártires, I y III Orden

Santos Gregorio Grassi y compañeros

8 de julio
SANTOS GREGORIO GRASSI, OBISPO,
Y COMPAÑEROS MÁRTIRES, I Y III ORDEN

Memoria libre para OFM

Entre los muchos mártires de la violenta persecución desencadenada por los fanáticos «Boxers» en China, en 1900, se cuentan ocho de la Orden de los Hermanos Menores: Gregorio, Antonio y Francisco, obispos; Cesidio, José, Elías y Teodorico, sacerdotes; y el hermano profeso Andrés.

Compartieron su martirio siete Franciscanas Misioneras de María, y varios chinos, alumnos del seminario o servidores de la misión. A todos ellos, en número de veintinueve, los beatificó Pío XII en 1946. Juan Pablo II los canonizó en el año 2000.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De las Actas de los mártires de China
(Edición I. Ricci, Quaracchi-Florencia, 1911, pp. 51–54)

Buscamos el bien de todos

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Los tres obispos, Gregorio Grassi, Francisco Fogolla y Antonio Fantosatti, recitaban juntos el Oficio Divino, mientras los restantes descansaban después de una fatigosa mañana, cuando repentinamente se escucharon explosiones de armas de fuego que provenían de la parte de enfrente del atrio, unidas a gemidos y llantos de niños y mujeres. Las religiosas, que vivían próximas; ante este rebato corrieron hacia donde se encontraba el padre Teodorico, y, sin demora, todos se dirigieron al obispo Gregorio, quien les dijo: «Hermanos, ésta es nuestra hora, poneos de rodillas y os daré la absolución, de vuestros pecados.»

Y les impartió la absolución sacramental. Él mismo, arrodillado con los demás, esperó la llegada de los soldados, quienes irrumpieron con ímpetu y con furia salvaje en la casa: quedaron sorprendidos de momento al encontrar a sus víctimas silenciosas y arrodilladas; pero luego se lanzaron sobre ellos, les ataron las manos a la espalda y los arrojaron fuera. Cuentan algunos de los testigos que el obispo Francisco mientras era atado por los soldados les dijo: «No es necesario que nos atéis, nosotros iremos voluntariamente a donde nos llevéis.»

En ese momento uno de los soldados, desenvainada la espada, le dio dos tajos en las rodillas. Igualmente, el obispo Gregorio fue herido sin compasión, y también sus compañeros.

Después, atravesando las calles de la ciudad, contusionados y golpeados por la plebe y los boxers, fueron conducidos al tribunal, lugar cercano del pueblo Iuen–men, empujados y constreñidos por todas partes por dichos soldados y los boxers. El virrey les ordenó arrodillarse con la cabeza inclinada, mientras al obispo Francisco, a quien ya conocía, le interrogaba:
«¿Cuánto tiempo lleváis en China?»
Él contestó:
«Más de treinta años.»
El juez siguió diciendo:
«¿Por qué habéis venido a perturbar a nuestro pueblo, y por qué motivo os permitís hacer propaganda de vuestra religión?»
El obispo respondió:
«Nosotros no hemos perjudicado a nadie, más bien hemos buscado su provecho.»
Siguió el juez:
«No fue así; vosotros hicisteis mucho mal a nuestro pueblo, y por ello andaremos que os maten.»
El obispo concluyó:
«Si nos condenáis a la muerte, tú no quedarás impune por este delito.»

Montando en cólera, el mismo virrey clavó el puñal en el pecho del obispo por dos veces y ordenó a los soldados que cayeran sobre los demás y los mataran.

Oída la orden, cada uno de los soldados y de los boxers, comenzando por los que tenían más próximos, sin piedad y con máxima crueldad, en sendos tajos, fueron decapitando a los invictos mártires, destrozando después todos sus miembros. Fue un espectáculo cruel y horrendo.

Finalmente, sus cuerpos, despojados de los vestidos y expuestos hasta la caída de la tarde totalmente desnudos en señal de menosprecio, fueron transportados a la parte norte de la ciudad, junto a las murallas, y allí los arrojaron a una fosa común, en donde eran enterrados los malhechores y los mendigos, manteniéndoles insepultos durante tres días.

RESPONSORIO                                                                                                                Cf. Sal 132, 1
R. Ésta fue la verdadera fraternidad de los hermanos, que permaneció unida en el combate: derramando su sangre siguieron al Señor. * Despreciando las seducciones de la corte, alcanzaron el reino de los cielos.
V. Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. * Despreciando.

La Oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Oración

Oh Dios de misericordia, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, concédenos, por intercesión del obispo san Gregorio y de compañeros mártires, que todos los pueblos te reconozcan como Dios verdadero, y a Jesucristo como tu enviado para la salvación del mundo. Que vive y reina contigo. 

Vísperas

Magníficat, ant. El reino de los cielos es de quienes, superando los halagos del mundo, lavaron sus mantos en la sangre del Cordero.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.


Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS


Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.


SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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