14 de julio, san Francisco Solano, presbítero, I Orden

San Francisco Solano evangelizador

14 de julio
SAN FRANCISCO SOLANO,
PRESBÍTERO, I ORDEN

Memoria libre para la Familia Franciscana
Memoria obligatoria para OFM de España

Nació en Montilla (Córdoba), en 1549. A los 20 años tomó el hábito franciscano. Al desencadenarse la peste bubónica se ofreció como voluntario para asistir a los apestados. Fue elocuente y apreciado predicador popular y apóstol entre los enfermos y encarcelados. Para huir de la veneración del pueblo pidió ir como misionero a África, pero la obediencia lo destinó a América. Con otros once Hermanos Menores desembarcó en Cartagena de Indias, Colombia; fue hasta Panamá y la atravesó a pie para llegar a las costas del Pacífico. Después de un pavoroso naufragio, en el que todos los náufragos se salvaron, entre ellos 80 esclavos negros, llegó navegando a Perú, donde se constituyó en padre y protector de todos ellos convirtiéndolos y bautizándolos. Desde Lima fue destinado a Tucumán (Argentina) a tres mil kilómetros de distancia y atravesó los Andes a pie o en pobre cabalgadura.

Pacificador, defensor, evangelizador y civilizador de los indios, suscitaba conmoción entre las gentes verle recorrer las ciudades con el crucifijo en la mano. Se le llama el apóstol de América del Sur. Murió santamente en Lima en 1610 mientras sus hermanos, a petición suya, cantaban el credo. Fue canonizado por Benedicto XIII en 1726.
Del Común de pastores o de santos varones: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I. 

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la biografía de san Francisco Solano, presbítero, escrita por un autor contemporáneo
(Acta Sanctorum, Julii / V, París 1868, pp. 884–886)

 ¡Dios, vida mía, qué suave eres: seas siempre bendito!

Aunque toda la existencia del varón de Dios, Francisco Solano, fue un martirio constante y un reflejo de la cruz de Cristo, los dos últimos meses de su vida se mereció las promesas de la eterna bienaventuranza practicando de modo eminente la virtud de la paciencia, al llevar con Santa resignación su penosa enfermedad, que le mantuvo postrado en el lecho del dolor, sometido, además, a grandes padecimientos y fiebres abrasadoras.

Esta larga enfermedad nunca fue obstáculo para entregarse de lleno a la oración; la que en sus últimos días fue total contemplación y éxtasis continuos; inflamado en amor divino, siendo su conversación más con los ángeles que con los hombres, olvidado de todo cuidado corporal, de prescripciones facultativas y de cualquier remedio humano, vivió milagrosamente. Con gran ternura repetía incansablemente variadas jaculatorias, en especial: «Bendito sea Dios.» Recitaba algunos salmos, sobre todo aquéllos: Alaba, alma mía, al Señor y Bendice, alma mía, a tu Dios, invitando a los presentes a que se unieran a él, mientras su espíritu se derretía en santo fervor. Hizo que le leyeran del evangelio de San Juan el pasaje que empieza: Antes de la fiesta de Pascua…, quedando ensimismado, en especial cuando se relataba la pasión de Jesús, dejando caer de sus labios frases de agradecimiento sincero a Cristo paciente, porque decía que le había amado a él, pecador, con gran bondad y misericordia. También se confortaba pronunciando himnos de alabanzas en honor de la bienaventurada Virgen María con gran gozo y júbilo espirituales.

A su confesor le declaró: «Ayudadme, Padre, a alabar al Señor»; y luego añadió: «Dios mío, tú eres el Creador, el rey, mi padre, tú eres mis delicias, todas mis cosas.» Y su alma quedó inflamada en amor divino, sumida en éxtasis profundo, y su cuerpo permaneció rígido y frío como el mármol. Cinco días antes de su muerte, dijo al hermano enfermero, fray Juan Gómez: «¿Por ventura, hermano, no percibes la gran misericordia de Dios hacia mi persona, que me conforta para vencer con facilidad al enemigo?»

Tres fechas antes de su tránsito, dirigiendo la vista a otro hermano que le atendía, exclamó entre suspiros y lágrimas: «¿De dónde a mí, mi Señor, Jesús, el que tú estés crucificado y yo me encuentre entre tus ministros y siervos; tú desnudo, yo cubierto; tú abofeteado, coronado de espinas, y yo confortado con tantas atenciones?» Al día siguiente, estando rodeado de muchos religiosos, dijo: «¡Oh Dios, mi vida, sé siempre glorificado! ¡Qué inmensa condescendencia hacia mi persona! ¡Soy feliz, mi Señor, por saber que eres Dios! ¡Oh, qué suave eres!»

La última noche, cayó en profundo éxtasis, y los presentes creyeron que expiraba, pero se rehízo, y después recitó el salmo: ¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor! ya van pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Desde este momento hasta el instante supremo de la muerte, sufrió un cambio misterioso, apareciendo su rostro hermoso, radiante, transparente, risueño, y su espíritu transpiraba jubilosa paz, gozo y serenidad.

Un hermano le dijo: «Como quiera que Dios te llama a su seno, te ruego, Padre, que te acuerdes de mí, cuando estés en su reino.» A lo que le contestó con cierto gracejo: «Así es, hermano, me voy al cielo, pero gracias a los méritos de la pasión y muerte de Cristo, porque yo soy un gran pecador. Mas, cuando llegue a la patria, seré allí un buen amigo tuyo».

RESPONSORIO                                                                                                                  Ef 3, 8.12.6
R.
A mí, el más insignificante de todo el pueblo santo, se me ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo, * Por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él.
V. También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo. * Por quien.

La oración como en Laudes.

Laudes

HIMNO

Francisco Solano, sol
que en Montilla tuvo el alba,
que en la patria y en América
rayos benignos derrama.

Era oración siempre ardiendo
de tu corazón la lámpara,
tu librea, la humildad,
y la pobreza, tu dama.

Penitente, y alma alegre,
doquier el gozo propagas,
sin cesar, con las criaturas,
la bondad de Dios cantabas.

Casta paloma sin hiel,
agravios no te turbaban,
Dios te dio el don de sanar
de la discordia las llagas.

En cárceles y hospitales
acreció tu amor sus llamas,
salud se hacía en tus manos
y consuelo en tus palabras.

Tu sed, no de plata y oro,
tu sed de martirio y de almas
convirtió en trigal de Dios
Perú, Tucumán, La Plata.

Con el riego de tu celo
y el calor de tu voz mansa,
en selvas y urbes, la mies
llegó a cosecha granada.

A Dios gloria por tu vida,
que fue cauce de su gracia;
al que en ti mostró su amor,
nuestro ruego y alabanza. Amén

Benedictus, ant. Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.

 Oración

Señor, Dios nuestro, que, por medio de san Francisco Solano, llevaste al seno de tu Iglesia a muchos hombres de Latinoamérica, por su intercesión y sus méritos llena nuestros corazones de tu amor y conduce a todos los que te ignoran al conocimiento del misterio de Cristo. Que vive y reina contigo.

Vísperas

Magníficat, ant. Caminó con el Señor con integridad y rectitud y apartó a muchos de la culpa.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s