24 de julio, beata Luisa de Saboya, religiosa, II Orden

24 de julio
BEATA LUISA DE SABOYA,
RELIGIOSA, II ORDEN

Memoria libre para II Orden

Hija del duque de Saboya, Amadeo IX, nació en Ginebra en 1462. Contrajo matrimonio con Hugo de Châllon. Su vida en la corte estuvo siempre marcada por una gran austeridad y una profunda piedad. En 1490 quedó viuda y, dos años después, se retiró al monasterio de Clarisas de Orbe, donando a aquella iglesia sus propios bienes. Su prontitud en la obediencia era admirable. Amante de la pobreza, quería para sí los vestidos más viles. Servía con caridad a las hermanas, especialmente a las enfermas. Buscaba siempre los trabajos más pesados y humildes. Su unión con Dios era continua. Tenía un gran aprecio y amor a la Familia Franciscana y a los hermanos. Solía decir: «En cada hermano veo a Francisco en persona». Luisa es modelo en todos los estados de vida. Se durmió dulcemente en el Señor el 24 de julio de 1503, cuando tenía 41 años. Aprobó su culto Gregorio XVI en 1839.
Del Común de Santas mujeres: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De La vida perfecta (para religiosas), de san Buenaventura, obispo
(Cap. 11, 6-7: San Buenaventura: Experiencia y teología del misterio, BAC, Madrid 2000, pp. 236-237)

Con la paciencia aumenta la humildad

Aprended, vírgenes consagradas, a tener un espíritu humilde, humilde actitud, sentidos humildes y humildes costumbres; pues sólo la humildad mitiga la ira divina y alcanza la gracia divina. Cuanto más grande seas, más debes humillarte y así alcanzarás el favor del Señor. De esta forma María encontró gracia ante Dios, como ella misma atestigua diciendo: Ha mirado la humillación de su esclava.

No es sorprendente que la humildad haga hueco a la caridad y libre al alma de la vanidad. Dice san Agustín al respecto: «Cuanto más inmunizados estemos contra la hinchazón del orgullo, más llenos estaremos de amor». Y como el agua confluye en los valles, así la gracia del Espíritu Santo converge hacia los humildes, y como el agua corre más veloz cuanto más desciende, quien actúa con un corazón totalmente humillado, más favorece que Dios le conceda la gracia. Por eso dice el Eclesiástico: La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta alcanzar su destino, porque el Señor satisface los deseos de los que lo temen, escucha sus gritos y los salva.

Por consiguiente, sed humildes, siervas de Dios, esclavas de Cristo. No permitáis que nunca la soberbia domine vuestro corazón, pues tuvisteis un Maestro humilde, nuestro Señor Jesucristo, y una maestra humilde, la Virgen María, reina de todos. Sed humildes porque tuvisteis un padre humilde, san Francisco; sed humildes porque tuvisteis también una madre humilde, santa Clara, ejemplar de humildad. Sed humildes, además, de modo que la paciencia confirme vuestra humildad. Porque la virtud de la humildad se perfecciona con la paciencia, y no es tal si no se acompaña de ésta. Lo que bien testimonia san Agustín diciendo: «Es fácil ponerse un velo delante de los ojos, llevar viles y despreciables vestidos e inclinar la cabeza, pero la paciencia descubre al verdadero humilde», según dice el Eclesiástico: Sé paciente en la adversidad y en la humillación.

Pero, ¡ay!, por desgracia somos muchos dentro del claustro los que queremos estar los primeros, aun cuando ciertamente fuimos humildes en el mundo. Por lo que dice san Bernardo: «Veo también a otros, y esto me duele todavía más, que, después de haber despreciado las glorias mundanas y establecidos ya en la escuela de la humildad, han llegado a ser secuaces de la soberbia. Bajo las alas del Maestro sencillo y humilde se vuelven más arrogantes y son mucho más violentos en el claustro que si hubieran quedado en el mundo. Y lo que es más grave aún, muchos no toleran verse humillados en la casa de Dios, cuando en la suya propia no tenían nada».

RESPONSORIO                                                                                                  Flp 2, 3–4; Col 3, 12
R. Manteneos en el amor; y considerad siempre superiores a los demás. * No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
V. Como elegidos de Dios, vestíos de la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. * No os encerréis.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. El reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

Oración

Oh Dios, todo santo, que en la beata Luisa nos diste un modelo de virtudes cristianas en todos los estados de vida, concédenos estar unidos a ti y agradarte con nuestra fe y nuestras obras en nuestro propio estado. Por nuestro Señor Jesucristo. 

Vísperas

Magníficat, ant. Mi corazón se regocija por el Señor, mi corazón se ensancha, porque gozo con tu salvación.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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