16 de agosto, san Roque de Montpellier, III Orden

Saint Roch de Montpellier

16 de agosto
SAN ROQUE DE MONTPELLIER,
III ORDEN

Memoria libre para TOR y OFS

Roque, uno de los santos tradicionalmente más venerados en el mundo católico, nació en Montpellier, Francia, en 1295. Al perder a sus padres, distribuyó los bienes entre los pobres y partió en peregri­nación a Roma. Se alistó en la Tercera Orden Franciscana, y con ayunos y penitencias mortificó su cuerpo.
Ardió en amor de los demás y, al extenderse la peste por Italia, pasó gran parte de su vida peregrinando de un lugar a otro, aliviando a pobres y asistiendo a enfermos y apestados. En este servicio él mismo contrajo la enfermedad, y se recluyó en soledad para no ser gravoso a nadie. Cuenta la leyenda que un perro callejero le traía cada día su ración de pan. Restablecido de su enfermedad volvió a su patria, donde murió en 1327. Urbano VIII aprobó su culto en 1629.
Del Común de santos varones.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de San Juan
(Homilía 68, 2-3: Homilías sobre el evangelio de san Juan, ID, Biblioteca patrística, Madrid 2001, pp. 92-93) 

Dios no quiere la muerte, sino la conversión del pecador

Dios no sólo no desea abandonarnos ni castigar­nos, sin9 que, además, cuando castiga lo hace sin de­searlo. Él dijo: Yo no me complazco en la muerte de nadie. Convertíos y viviréis. Cristo, incluso, llora por la destrucción de Jerusalén, algo que también nosotros hacemos en el caso de nuestros amigos.

Sabedores de todo lo cual, esforcémonos por no se­pararnos de Dios. Pongamos especial cuidado, por el contrario, en amarnos los unos a los otros. No desgarre­mos nuestros miembros, actitud propia de quienes están locos y fuera de sí, sino que, en la medida en la que observemos su propensión al mal, cuidémosles más.

Cuando vemos a muchos con enfermedades incura­bles en sus cuerpos, no dejamos de aplicar remedios. ¿Hay algo peor que unos pies aquejados por la enferme­dad? ¿Hay algo peor que unas manos enfermas? ¿De­bemos, acaso, por ello amputar estos miembros? De nin­guna manera. Antes al contrario, nos esforzamos en ali­viar el dolor, ya que no podemos superar la enfermedad.

Hagamos esto con nuestros hermanos y, aun en el caso de que sean enfermos incurables, continuemos cui­dándolos y llevemos los unos las cargas de los otros. De este modo, daremos cumplimiento a la ley de Cristo y alcanzaremos los bienes prometidos, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO                                                                                       Cf. Dt 32, 24; Hech 10, 4
R. Gimió la tierra, porque sus habitantes eran consumidos por la peste. * Un santo varón cuido de ellos.
V. Sus oraciones subieron a la presencia del Señor. * Un santo.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. El que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna.

Oración

Guarda, Señor, a tu pueblo con bondad, y, por la in­tercesión de san Roque, líbrale de todo mal del cuerpo y del espíritu. Por nuestro Señor Jesucristo.

 Vísperas

Magníficat, ant. En verdad os digo que lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis. Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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