19 de agosto, san Luis de Tolosa, obispo, I Orden

san Ludovico d'Angiò

19 de agosto
SAN LUIS DE TOLOSA,
OBISPO, I ORDEN

Memoria Libre para la Familia Franciscana

Luis de Anjou, hijo del rey de Nápoles, aunque de ascendencia
francesa, nació en Italia, probablemente en Nocera, en 1274. De joven, estando en Barcelona como rehén, mantuvo trato frecuente con los Hermanos Menores, en cuyas filas ingresó al recobrar la libertad. Fascinado por la espiritualidad franciscana, renunció al trono y al mundo. En 1296 fue ordenado presbítero. Poco después el papa Celestino V lo consagró obispo y, al quedar vacante la diócesis de Tolosa, en Francia, se le asignó. Su ministerio pastoral, aunque muy corto, lo realizó con gran celo: visitaba a los enfermos, socorría a los prisioneros, ayudaba a los judíos. Brilló por su pobreza, humildad y amor a los pobres. Murió en 1297, cuando contaba sólo 23 años. Fue canonizado por Juan XXII en 1317.
Del Común de pastores.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Vida de san Luis, obispo, escrita por un contemporáneo
(Analecta Franciscana VII, Quaracchi-Firenze 1951, pp. 361-366)

Vivió para ser luz de los pueblos

Dispuso el Señor en su sabiduría llevarse con él en temprana edad al bienaventurado Luis, quien vivió para ser luz de los pueblos, librándole de la seducción del mal y de las tentaciones de este mundo, asociándole al coro de los ángeles, pero queriendo al mismo tiempo que sus cortos años fueran ejemplo acabado de perfección para consuelo de todo el pueblo fiel.

Luis fue aquella luz colocada por el mismo Dios sobre el candelabro para iluminar con su esplendor a los que moran en la casa del Señor, que es la Iglesia, para atractivo de tantos corazones que se dejarían llevar del amor divino por su ejemplo. Fue elegido también como el arca mística de salvación del mundo, para confundir la infidelidad, abatir el error, para fortalecimiento de la Iglesia católica y como modelo de la verdadera fe.

Este angelical joven, de rostro celestial, era admirable en sus obras, espejo de buenas costumbres. Toda clase de personas, de cualquier condición y edad, acudían a él en tropel, corriendo peligro en ocasiones su integridad física ante el acoso multitudinario que le rodeaba. Los fieles quedaban extasiados contemplándole en las celebraciones litúrgicas, escuchando su palabra fervorosa y penetrante, cargada de profunda humildad y de afectuosa caridad; siendo, además, su conversación honesta y su comportamiento edificante en todo momento. ¿Quién podía quedar indiferente ante un joven, hijo de un rey, con cualidades humanas eminentes, humilde y sin jactancia en el ejercicio episcopal, mortificado, sabio, y elocuente, virtuoso, afable y simplicísimo? Cuantos le contemplaban, veían un ángel vestido de hombre.

Después de quince días de grave enfermedad, la mañana misma de su muerte, oró así al Señor: «Dios todopoderoso, que me hiciste llegar a disfrutar del día de hoy…» Y pronunció otras súplicas que durante las fechas anteriores no pudo hacer por el estado agónico en que se hallaba. Hacia las tres de la tarde, pidió que le sentaran en el lecho, elevó sus ojos al cielo, manteniendo en sus manos el crucifijo, o haciendo que se lo presentaran, porque su debilidad, a veces, ni esto le permitía, y, hasta la caída de la noche, recitaba sin interrupción: «Te adoramos, oh Cristo… No tengas en cuenta, Señor, los delitos de mi juventud».

Recitaba también otras fervientes súplicas a la Virgen María, persignándose frecuentemente con la señal de la cruz. Alguno de los presentes le sugirió que no se fatigara repitiendo tantas veces el Ave María; a lo que contestó: «Muy pronto me he de morir, y la Virgen María me salvará».

El bienaventurado Luis, amado de Dios y de los hombres, habiéndose cumplido en él todos los planes amorosos de la divina providencia, entregó su alma al Señor para disfrutar eternamente las delicias de la plenitud de la gracia y de la luz.

RESPONSORIO                                                                                      Cf. 2Tim 2, 22; Sab 4, 10.7
R. Huyó de las pasiones juveniles, buscó la justicia, la fe, el amor, la paz, junto con los que invocan al Señor con corazón limpio. * Vivía entre pecadores y Dios se lo llevó.
V. El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso; agradó a Dios y Dios lo amó. * Vivía entre.
La oración como en Laudes. 

Laudes

Benedictus, ant. Continuamente dio prueba de que era servidor de Dios, con lo mucho que pasó, noches sin dormir y días sin comer, con limpieza, saber, paciencia y amor sincero.

Oración

Concédenos, Dios todopoderoso, que imitemos el ejemplo de san Luis, obispo, que antepuso el reino de los cielos al poder temporal y, como él se distinguió en la virtud de la castidad y en el amor a los pobres, así nosotros usemos debidamente de las cosas de este mundo para ganar el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

 Vísperas

Magníficat, ant. Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años; como su vida era grata a Dios, se apresuró a sacarlo de la maldad.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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