4 de septiembre, santa Rosa de Viterbo, virgen, II Orden

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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

4 de septiembre
SANTA ROSA DE VITERBO,
VIRGEN, III ORDEN

Memoria libre para OFMConv, TOR y OFS

Rosa nació en Viterbo, Italia, en 1234. Con sólo diez años ingresó en la Tercera Orden de san Francisco. Su vida, a veces desconcertante, con una santidad clamorosa, irresistible por sus milagros y acciones arriesgadas, le acarrearon ser considerada peligrosa para el orden público y la expulsión de su ciudad. Sufrió mucho en su vida pero supo aceptarlo con grandeza de alma y talante cristiano y franciscano, y todos terminaron reconociendo su santidad. Resplandeció por su caridad para con el prójimo y por su profunda fe y piedad. Murió en su ciudad natal, en 1252, a los dieciocho años. En 1258 trasladaron su cuerpo a la iglesia de Santa María de las Rosas, llamada también de Santa Rosa. Fue canonizada por Calíxto III en 1457.
Del Común de vírgenes.
Himnos castellanos en el Apéndice I. 

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
Del Soliloquio, de san Buenaventura, obispo
(Cap. N, 2-4: San Buenaventura: Experiencia y teología del misterio, BAC, Madrid 2000, pp. 159-161)

El alma devota es reina, esposa e hija del rey eterno

Cuando miro la gloria futura casi desfallezco de admiración, porque «el gozo estará dentro y fuera, por debajo y por encima, por todas partes», pues te gozarás en todas las cosas y por todo. Este gozo tuyo, me parece que está prefigurado en el Apocalipsis, en aquella bienaventurada mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Ella simboliza, a mi entender, al alma fiel, hija del Rey eterno, esposa y reina: hija por natural creación, esposa por gracia de adopción, reina por donación de la gloria. Con razón se dice vestida del sol, pues está adornada con la luz deificante, coronada con la dignidad del gozo eterno, en la cual, como especial adorno, tiene doce gozos, simbolizados en doce estrellas que decoran y adornan la felicidad sobrenatural.

Alma, tú debes examinar cada día devotamente estos gozos, sin buscar otro consuelo para tu actual miseria y destierro y, en la esperanza de aquella felicidad, soporta con ánimo firme y alegre las tribulaciones de la vida presente.

Dice san Bernardo, «corre entonces, alma, no con los pasos del cuerpo, sino con los afectos y deseos, porque te esperan no sólo los ángeles y los bienaventurados, sino el Señor y Maestro de los ángeles y bienaventurados. Te aguarda Dios Padre como a hija queridísima, Dios Hijo como a esposa dulcísima, y Dios Espíritu Santo como a amiga gratísima. Te espera Dios Padre para constituirte heredera de todos sus bienes; Dios Hijo para ofrecerte al Padre como fruto de su nacimiento y precio de su preciosa sangre; Dios Espíritu Santo para hacerte partícipe de su eterna bondad y dulzura. Te espera toda aquella familia bienaventurada de espíritus celestiales del Rey eterno para acogerte en su compañía».

Piensa, alma, que si realmente tuvieras siempre presente en tu mente los goces celestiales, harías de este destierro una antesala del reino celestial, en la cual pregustar cada día en espíritu la eterna dulzura.

RESPONSORIO                                                                                            Cf. Cant 1, 15; Rom 8,35
R. ¡Qué hermosa eres, virgen de Cristo! * Tú, que has merecido recibir la corona del Señor, la corona de la virginidad perpetua.
V. Nadie podrá quitarte la palma de la virginidad, ni separarte del amor de Cristo. * Tú, que has merecido.
La oración como en Laudes. 

Laudes

HIMNO

Una historia de leyenda:
Santa Rosa de Viterbo.
Con un mensaje a la Iglesia
fuiste enviada del cielo;
venciste niña al gigante
y liberaste a tu pueblo.

Los milagros te acompañan
desde tus años primeros;
pero mayor maravilla
obra la gracia en tu pecho,
la oración, la penitencia,
la caridad y el silencio.

Llegó la hora señera
de seguir el llamamiento;
predicaste por las plazas,
con la cruz y el Evangelio,
la conversión, la obediencia…

Sólo el Señor pudo hacerlo.
Se convierten muchedumbres
ante Rosa de Viterbo.
Es Dios quien toca las almas:
una niña es su instrumento;
resuena la profecía
vencido el tirano muerto.

La hija de san Francisco,
desterrada de su pueblo,
aguanta persecuciones
y calumnias y desprecios;
en las sombras resplandece
la santidad de su ejemplo.

Gloria al Padre omnipotente,
gloria al Hijo, que es su Verbo, 
gloria al Espíritu Santo,
Amor que procede de ellos,
por los siglos de los siglos,
en la tierra y en el cielo. Amén

Benedictus, ant. Esta virgen desde la infancia se preocupó de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma.

Oración

Padre de bondad, que has unido en la joven santa Rosa de Viterbo la firmeza de ánimo y el encanto de la bondad; al celebrar hoy su fiesta, concédenos imitar también sus virtudes. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. En poco tiempo maduró, cumplió muchos años; como su vida era grata a Dios, se apresuró a sacarla de la maldad.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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