23 de septiembre, Hallazgo del cuerpo de santa Clara de Asís, memoria suprimida

23 de septiembre
HALLAZGO DEL CUERPO DE SANTA CLARA DE ASÍS
II Orden: Conmemoración SUPRIMIDA

El cuerpo de Santa Clara, fallecida en el monasterio de San Damián, a las afueras de Asís, recibió sepultura primero en la iglesia de San Jorge, dentro de la ciudad, y luego en el templo que se le dedicó. El 23 de septiembre de 1850 se abrió su sepulcro y se expusieron sus reliquias a la veneración de los fieles.
Del Común de vírgenes.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la carta de Santa Clara, virgen, a Santa Inés de Praga
(BAC 314, Escritos de Santa Clara, Madrid 1982, pp. 376–379)

No perder de vista los frutos de la caridad

Hermana carísima, y aún más, señora respetabilísima, pues sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo, adornada esplendorosamente con el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza: ya que vos habéis comenzado con tan ardiente anhelo del pobre Crucificado, confirmaos en su santo servicio; que él sufrió por nosotros el suplicio de la cruz, liberándonos del poder del príncipe de las tinieblas –que nos tenía sometidos y encadenados por la transgresión de nuestro primer padre– y reconciliándonos con Dios Padre.

¡Oh pobreza bienaventurada, que da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! ¡Oh pobreza Santa, por la cual, a quienes la poseen y desean, Dios les promete el reino de los cielos, y sin duda alguna les ofrece la gloria eterna y la vida bienaventurada! ¡Oh piadosa pobreza, a la que se dignó abrazar con predilección el Señor Jesucristo, el que gobernaba y gobierna cielo y tierra, y lo que es más, lo dijo y todo fue hecho!

Pues si un Señor tan grande y de tal calidad, encarnándose en el seno de la Virgen, quiso aparecer en este mundo como un hombre despreciado, necesitado y pobre, para que los hombres, pobrísimos e indigentes, con gran necesidad de alimento celeste, se hicieran en él ricos por la posesión del reino de los cielos, alegraos vos y saltad de júbilo, colmada de alegría espiritual y de inmenso gozo. Vos, al preferir el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales, y guardar cuidadosamente los tesoros en el cielo y no en la tierra, allí donde ni la herrumbre los corroe ni los come la polilla, ni los ladrones los descubren y roban, os habéis asegurado una recompensa copiosísima en los cielos y habéis merecido dignamente ser hermana, esposa y madre del Hijo del altísimo Padre y de la Virgen gloriosa.

Pues creo firmemente que vos sabéis cómo el reino de los cielos se promete y se da por el Señor a los pobres. En la medida en que se ama algo temporal, se pierde el fruto de la caridad. No se puede servir a Dios y al dinero, porque se amará a uno y se aborrecerá al otro, o se entregará a uno y despreciará al otro. Un hombre vestido no puede luchar con otro desnudo, pues será derribado pronto, por tener de donde asirlo. Y es imposible morar con gloria en el siglo y luego reinar con Cristo. Y antes pasará un camello por el ojo de una aguja que subirá un rico al reino celestial. Por eso vos os habéis despojado de los vestidos, esto es, de las riquezas temporales, para no sucumbir de ningún modo ante el enemigo, para entrar en el cielo por el camino arduo y la puerta estrecha. Es un gran negocio, y loable, dejar lo temporal por lo eterno, ganar el cielo a costa de la tierra, recibir el ciento por uno, y poseer a perpetuidad la vida feliz.

Por todo ello he creído un deber suplicar a vuestra excelencia y santidad, en cuanto puedo, humildemente, en las entrañas de Cristo, que os confirméis en su santo servicio; creciendo de bien a mejor, de virtud en virtud. Él, a quien servís con todo el ardor de vuestra alma, se digne otorgaros los premios deseados.

RESPONSORIO                                                                                                               Sal 83,5.6. 11
R. Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre; dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación. * Vale más un día en tus atrios que mil en mi tasa.
V. Prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados. * Vale más.

La oración como en Laudes. 

Laudes

HIMNO

Tú mereces un canto, mi Señor,
por nuestra hermana Clara
llevada en el fulgor del fuego
y en el salto transparente del agua.

Tú mereces un himno, mi Señor,
por nuestra hermana Clara
que a todos llega como el sol
y como la luna estampada en el agua.

Tú mereces un salmo, mi Señor,
por nuestra hermana Clara
que aguanta enfermedad y ama,
y resiste en alabanza como el alba.

Tú mereces un salmo, mi Señor,
por nuestra hermana Clara
que bendijo el ser tu criatura
y muriendo en tu paz te dio su alma.

Tú mereces la gloria y el honor
por toda criatura que vive bajo el sol.
Alabanza al Hijo Jesucristo y al Padre,
y al Espíritu Santo por los siglos todo amor. Amén.

Benedictus, ant. El Señor cambió su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos.

 Oración

Señor, Dios nuestro, al recordar hoy con alegría a la Santa Madre Clara, te rogamos que, por sus méritos y ejemplo, enraizados en la fe y en el amor, vivamos cada día el misterio de la resurrección y disfrutemos de tu presencia en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. «Me casaré contigo en matrimonio perpetuo –dice el Señor–; me casaré contigo en misericordia y compasión; me casaré contigo en fidelidad.»

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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