14 de noviembre, santos Nicolás Tavelic, presbítero, y compañeros, mártires, I Orden

LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

14 de noviembre
SANTOS NICOLÁS TAVELIC, PRESBÍTERO,
Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES, I ORDEN
Memoria obligatoria para la Familia Franciscana

Nicolás Tavelic, de Sebenico, Croacia, nació hacia 1340. Misionó primero en Bosnia, con Deodato de Ruticinio, de la provincia aquitana de la Primera Orden Franciscana. En 1384 partieron ambos para Palestina, donde con Esteban de Cuneo, de la provincia de Génova, y Pedro de Narbona, de la provincia de la Provenza, prepararon un discurso en defensa de la fe cristiana. Fortalecidos por la oración, en 1391 pronunciaron su apología ante el Cadí de Jerusalén. Éste les ordenó retractarse, a lo que ellos se opusieron con tesón. En consecuencia, los condenaron a muerte y, después de descuartizarlos, los quemaron en ese mismo año de 1391. Los cuatro fueron canonizados por Pablo VI en 1970.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la narración del martirio de los santos Nicolás Tavelic y compañeros, escrita por un contemporáneo
(Documenta martyrii beati Nicolai Tavelic et sociorum eius, Roma 1958, pp. 35-42)

Estamos dispuestos a sufrir toda clase de sufrimientos en defensa de la fe

Nicolás y sus compañeros, franciscanos, se dedicaron en largo coloquio a estudiar el modo cómo conquistar para Dios las almas, que el maligno con tanto empeño busca arrebatarle, y cómo ellos mismos podrían ofrecer sus vidas al Altísimo en la ciudad santa de Jerusalén. Posponiendo todo temor, consultaron, además, a todos los hermanos prudentes y maestros en teología, contrastando todo ello con textos de la sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia, con largas lecturas y profundas reflexiones. Confortados, pues, en el Señor, para emprender con valor esta empresa, y superando el miedo a las inspiraciones de la carne, el día once de noviembre del año mil trescientos noventa y uno, fiesta de San Martín, hacia las nueve de la mañana, en religioso orden y cumpliendo los proyectos tomados con tanto esmero, se dirigieron todos ellos, portando en sus manos unas proclamas, escritas en italiano y en árabe, hacia el templo de Jerusalén, en donde les fue prohibida la entrada.

Conducidos ante el Cadí, mostraron dichas proclamas y las leyeron. El Cadí intervino: «El contenido de este escrito, ¿proviene de vosotros, como fruto de serias reflexiones vuestras, o más bien habla vuestra demencia e insensatez? ¿Os envía acaso el Papa o algún
otro príncipe cristiano?»

Con mesura y discreción, con valor de espíritu y con intrepidez cristiana respondieron ellos: «Ningún hombre nos propuso esta embajada, sino que venimos en nombre de Dios, quien nos inspiró indicaros el camino de la salvación, el conocimiento de la verdad, según dice Cristo en el Evangelio: El que crea y sea bautizado, se salvará, el que no crea, se condenará

El Cadí les volvió a preguntar: «¿Os retractáis de estas afirmaciones y os hacéis sarracenos, estando dispuestos a salvar vuestras vidas? Si así no fuera, me veré obligado a enviaras a la muerte.»

A una sola voz replicaron ellos: «Nos mantendremos firmes, y estamos dispuestos a sufrir todos los tormentos en defensa de la verdad, que se halla en la fe católica, porque es santa, universal y verdadera.»

Ante semejante respuesta, el Cadí, oído su Consejo, pronunció la pena capital sobre aquellos religiosos. Hecha pública la sentencia, los presentes, con grandes clamores, vociferaban: «¡Que mueran, que mueran!»

Y allí mismo cayeron semimuertos, a golpes de la enfurecida muchedumbre. Eran las tres de la tarde, y permanecieron allí hasta la media noche, porque proseguía el clamor de la multitud. Desnudados, atados fuertemente a unos maderos, flagelados con horrible crueldad y lanzados al suelo, quedaron inertes. Los trasladaron a la prisión y los colocaron sobre cepos, sometiéndolos a bárbaros tormentos, sin descanso y con suma crueldad.

Al tercer día, conducidos a la plaza pública, en donde son ajusticiados los malhechores, ante la presencia del Emir, del Cadí y del pueblo, teniendo desenvainadas las espadas los soldados, y atizando una inmensa hoguera, preparada al efecto, se les volvió a interrogar si mantenían la postura tomada o se retractaban, haciéndose sarracenos, con lo cual lograrían salvar su vida. La respuesta fue unánime:

«No renunciamos; y os rogamos con todo el corazón que os convirtáis vosotros a Cristo y os bauticéis. Sabed que, por Cristo y por su fe, no tememos ser consumidos por el fuego, ni tampoco ofrecer nuestras vidas al suplicio de la muerte violenta.»

La masa, incontenida y embravecida, se lanzó sobre ellos con toda clase de instrumentos cortantes, y los soldados, con sus dagas, destrozaron sus cuerpos, sajando los rostros, tanto que no parecían ya hombres, y los arrojaron al fuego. El suplicio se prolongó todo el día.

RESPONSORIO                                                                                                                 Cf. Ef 4, 4-5
R. Muchos santos derramaron por el Señor su sangre gloriosa; amaron a Cristo durante su vida, lo imitaron en la muerte. * Por eso merecieron la corona del triunfo.
V. Tenían un solo espíritu y una sola fe. * Por eso.

La oración como en Laudes.

Laudes

HIMNO

Hijos de la luz del día,
soles que a Cristo pregonan,
vuestra sangre derramada
lleva promesas de aurora.

Os dio espíritu de apóstoles
el Evangelio y la Regla,
y Francisco os infundió
santa audacia misionera.

En Jerusalén, la tierra
con cantos de triunfo os honra,
piedras vivas de su templo,
de la Iglesia luz y gloria.

Sellasteis con el martirio
vuestra labor evangélica; 
Cristo os concedió la palma,
su gloria fue vuestra herencia.

Os hicieron mil pedazos,
entera el alma quedó,
el martirio os obtenía
alcanzar por siempre a Dios.

Al Padre, al Hijo, al Espíritu
sea la gloria suprema,
que en los mártires mostraron
todo su amor Y su fuerza. Amén.

Benedictus, ant. Los santos, por medio de la fe, conquistaron reinos, practicaron la justicia, vieron cumplidas las promesas en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Oración

Dios, Padre de bondad, has glorificado con el triunfo del martirio a los santos Nicolás y compañeros, quienes extendieron tu reino propagando la fe; concédenos, por su intercesión y ejemplo, ser fieles en el cumplimiento de tus mandamientos, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

 Vísperas

HIMNO

Nicolás, Deodato, Esteban, Pedro,
llamas de serafín, como Francisco,
ardisteis en su espíritu de mártir,
unidos para ser de Dios testigos.

Templasteis vuestras almas en Europa,
al pueblo fiel librando de extravíos,
batisteis el error, mas no bastaba
este campo a un amor tan encendido.

Jerusalén os fue tormento y dicha,
palestra del combate y sacrificio.
Orando y meditando, decidisteis
arrebatar sus presas al Maligno.

La verdad y el amor os impulsaron,
no os arredraron riesgos y peligros;
llevabais la verdad, la salvación
ofreciéndola en nombre del Dios vivo.

Recia alzasteis la voz ante el cadí,
que os conminaba a renegar de Cristo:
“No tememos el fuego ni la muerte,
amaremos a Cristo hasta el martirio”.

Lo mereció tan firme confesión:
escarnios, cárcel, crueldad, suplicios;
cuando ya vuestro cuerpo era una llaga,
el fuego consumó vuestro heroísmo.

Por vuestra entrega, limpio testimonio,
el pueblo os aclamó santos, benditos.
Por vuestra vida y muerte damos gloria
al Dios que por nosotros dio a su Hijo. Amén.

Magníficat, ant. La vida de los justos está en manos de Dios y ningún tormento los alcanzará.

La oración como en Laudes.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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