18 de noviembre, beata Salomé de Cracovia, religiosa, II Orden


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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

18 de noviembre
BEATA SALOMÉ DE CRACOVIA
RELIGIOSA, II ORDEN

Memoria libre para II Orden

Salomé, princesa de Polonia, nació en Cracovia, en 1211. Muy niña, la dieron en matrimonio a un hijo de Andrés TI, rey de Hungría, con el que vivió en virginidad. A la muerte de su marido, en 1245, ingresó en las Clarisas de Cracovia. Vivió veintiocho años en el monasterio y fue modelo de abnegación, humildad, inocencia y caridad. Muchos años, fue abadesa, afable, servicial, amante de la pobreza franciscana. Murió en 1268. Clemente X aprobó su culto en 1673.
Del Común de vírgenes o de santas mujeres: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I. 

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De La vida perfecta (para religiosas), de san Buenaventura, obispo
(Cap. VII, 1-4: San Buenaventura: Experiencia y teología del misterio, BAC, Madrid 2000, pp. 265-267)

La caridad es el culmen de la perfección

Nada mejor ni más útil para mortificar los vicios, para avanzar en la gracia, para alcanzar el grado sumo de las virtudes, que la caridad. Dice de ella Próspero, en su libro sobre la vida contemplativa: «La caridad es la vida de las virtudes, la muerte de los vicios»; y como la cera se derrite al fuego, así perecen los vicios ante la caridad. Pues la caridad es tan poderosa que cierra por sí misma el infierno, ella sola abre el cielo, ofrece la esperanza de la salvación y nos hace agradables a Dios. Es tan excelente entre todas las virtudes que se la denomina «la virtud»; pues quien la posee es rico, próspero y feliz; y pobre, mendigo y miserable quien no la tiene. Siendo, pues, tan grande la caridad, hay que insistir en ella con preferencia a todas las demás virtudes, y no en una caridad cualquiera, sino en aquella por la que Dios es amado sobre todas las cosas y el prójimo por Dios.

Y de qué modo debes amar a tu Creador te lo enseña tu mismo Esposo en el Evangelio, diciendo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Observa atentamente, queridísima sierva de Jesucristo, qué amor te pide tu amado Jesús. Tu amadísimo quiere, sin duda, que des a su amor todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente, de modo que en todo tu corazón, en toda tu alma y en toda tu mente nadie comparta con él parte alguna.

¿Qué harás, pues, para amar firmemente al Señor Dios con todo tu corazón? Escucha a san Juan Crisóstomo que te lo enseña: «Amar a Dios con todo el corazón significa que tu corazón no se incline a amar más a ninguna otra cosa que a Dios, no te deleites en la belleza del mundo, ni en honores ni en parientes, más que en Dios. Pero si el amor de tu corazón está ocupado en alguna de estas cosas, entonces no amarás con todo el corazón». Te ruego, entonces, sierva de Cristo, que no te engañes en el amor. Ciertamente, si algo amas pero no en Dios y por Dios, no amas con todo el corazón.

Y no sólo con todo tu corazón, sino también con toda el alma has de amar al Señor Dios, Jesucristo. ¿Cómo con toda el alma? Escucha lo que te enseña san Agustín: «Amar a Dios con toda el alma significa amarlo con toda la voluntad, sin contradicción». Indudablemente tú amas con toda el alma cuando cumples gustosamente, sin ninguna oposición, no lo que tú quieres, ni lo que el mundo aconseja, ni lo que sugiere la carne, sino lo que tú sabes que quiere el Señor tu Dios. Cierto, tú amas al Señor con toda el alma cuando, si es necesario, expones tu alma voluntariamente a la muerte por amor a Cristo. Si fueras negligente en alguna de estas cosas, ya no amarías con toda el alma. Ama al Señor tu Dios con toda el alma, es decir, conforma en todo tu voluntad a la voluntad divina.

Y ama a tu Esposo, el Señor Jesús, no sólo con todo el corazón y con toda tu alma, sino también con toda tu mente. ¿Cómo con toda la mente? Atiende de nuevo a lo que te enseña san Agustín: «Amar a Dios con toda la mente significa amarlo teniéndolo siempre presente, sin olvidarlo nunca».

RESPONSORIO
Jn 14, 21-23

R. Al que me ama, lo amará mi Padre. * Y yo también lo amaré y me manifestaré a él.
V. El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará. * Y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. «El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre», dice el Señor.

Oración

Dios de misericordia, que has llamado a la beata Salomé desde los afanes del gobierno temporal a la vida de caridad perfecta, concédenos, por su intercesión y ejemplo, servirte con humilde y puro corazón, para obtener el premio de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Vosotros, los que lo habéis dejado todo y me habéis seguido, recibiréis cien veces más y heredaréis la vida eterna.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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