8 de noviembre, beato Juan Duns Escoto, presbítero, I Orden

LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

8 de noviembre
BEATO JUAN DUNS ESCOTO,
PRESBÍTERO, I ORDEN

Memoria obligatoria para OFM, Clarisas y Concepcionistas
Memoria libre para OFMConv, OFMCap y Clarisas Cap

Juan nació en Escocia, a finales del año 1265, e ingresó de joven en la Primera Orden Franciscana, y fue ordenado presbítero en 1291. Obtuvo los grados académicos en la Universidad de la Sorbona de París. Posteriormente desempeñó el cargo de maestro en las Universidades de Cambridge, Oxford, París y Colonia. Hijo fiel de san Francisco, investigó con gran sutileza la revelación divina y publicó muchos libros de teología y de filosofía. Fue un ferviente heraldo del misterio de la Encarnación del Verbo, un incansable paladín de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y un defensor de la suma autoridad del romano pontífice. En 1303 fue desterrado de París, por haberse negado a suscribir el libelo del rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, contra el papa Bonifacio VIII. Murió repentinamente, a la
edad de 43 años, el 8 de noviembre de 1308, en la ciudad de Colonia, donde vivía entregado en cuerpo y alma a su tarea docente.
Las virtudes cristianas en las que sobresalió le proporcionaron, ya en vida, gran fama de santidad. Desde poco tiempo después de su muerte se le rindió culto público en la Familia Franciscana, en Colonia, donde está sepultado, y en Nola, Italia, un culto que el papa Juan Pablo II confirmó el 20 de marzo de 1993.
Del Común de pastores o de doctores de la Iglesia.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Carta Apostólica de Benedicto XVI, papa, al arzobispo de Colonia, card. Joachim Meisner, con ocasión del VII centenario de la muerte del beato Juan Duns Escoto
(18 octubre 2008: AAS 101,2009, pp. 3)

Sólo en el amor estará nuestra felicidad

Alégrate, ciudad de Colonia, que un día acogiste entre tus muros a Juan Duns Escoto, hombre doctísimo y piadosísimo, el cual el 8 de noviembre de 1308 pasó de la vida presente a la patria celestial; y tú, con gran admiración y veneración, conservas sus restos mortales.
Nuestros venerables predecesores los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II lo ensalzaron con elevadas expresiones, y también yo ahora quiero rendirle una merecida alabanza, invocando su patrocinio.

Por eso, con razón y merecidamente se celebra ahora el VII centenario de su piadosa muerte. Creo que, en esta circunstancia, es un deber de mi servicio decir algunas palabras sobre un hombre tan ilustre, que se hizo tan benemérito al contribuir al progreso de la doctrina de la Iglesia y de la ciencia humana.

Uniendo la piedad y la investigación científica, de acuerdo con su invocación: «Que el primer Principio de los seres me conceda creer, gustar y expresar todo lo que sea grato a su majestad y que eleve nuestra mente a su contemplación», con su fino ingenio penetró tan profundamente en los secretos de la verdad natural y revelada, y formuló una doctrina tan elevada que fue llamado «Doctor de la Orden», «Doctor sutil» y «Doctor mariano», llegando a ser maestro y guía de la escuela franciscana, luz y ejemplo para todo el pueblo cristiano.

Por ello, deseo invitar a los estudiosos y a todos, creyentes y no creyentes, a seguir el itinerario y el método que Escoto recorrió para establecer la armonía entre fe y razón, al definir de tal manera la naturaleza de la teología que exaltaba constantemente la acción, la práctica, el amor, más que la pura especulación. Al llevar a cabo este trabajo, se dejó guiar por el Magisterio de la Iglesia y por un sano sentido crítico con respecto al crecimiento en el conocimiento de la verdad, y estaba convencido de que la ciencia tiene valor en la medida en que se lleve a la práctica.

Firme en la fe católica, se esforzó por comprender, explicar y defender la verdad de la fe a la luz de la razón humana. Por eso, lo único que pretendió fue demostrar la armonía de todas las verdades, naturales y sobrenaturales, que brotan de una única fuente.

Al lado de la Sagrada Escritura, divinamente inspirada, se sitúa la autoridad de la Iglesia. Duns Escoto parece seguir el dicho de san Agustín: «No creería en el Evangelio, si antes no creyera en la Iglesia».

Después de probar con diversos argumentos, tomados de la razón teológica, el hecho de que la santísima Virgen María fue preservada del pecado original, estaba completamente dispuesto a renunciar a esta convicción, si no estuviera en sintonía con la autoridad de la Iglesia, diciendo: «Si no se opone a la autoridad de la Iglesia o a la autoridad de la Escritura, parece justificable atribuir a María lo que es más excelente».

El primado de la voluntad pone de manifiesto que Dios es ante todo caridad. Duns Escoto tiene presente esta caridad, este amor, cuando quiere reconducir la teología a una sola expresión, es decir, a la teología práctica. Según su pensamiento, al ser Dios «formalmente amor y formalmente caridad», irradia con grandísima generosidad fuera de sí los rayos de su bondad y de su amor. Y, en realidad, por amor, Dios «nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. El nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad a ser sus hijos».

El beato Juan, fiel discípulo de san Francisco de Asís, contempló y predicó asiduamente la encarnación y la pasión salvadora del Hijo de Dios. Pero la caridad o el amor de Cristo se manifiesta de modo especial no sólo en el Calvario, sino también en el santísimo sacramento de la Eucaristía, sin el cual «desaparecería toda piedad en la Iglesia, y no se podría tributar a Dios el culto de latría, que se le tributa por la veneración de este sacramento». Además, la Eucaristía es sacramento de unidad y de amor; que nos impulsa a amamos mutuamente y a amar a Dios como bien común, que debe ser amado también
por los demás.

Y del mismo modo que este amor, esta caridad, fue el inicio de todo, así también sólo en el amor y en la caridad estará nuestra felicidad: «El querer, o la voluntad amorosa, es simplemente la vida eterna, feliz y perfecta».

Dado que al inicio de mi ministerio prediqué ante todo la caridad, que es el mismo Dios, veo con alegría que la singular doctrina de este beato otorga un lugar especial a esta verdad, que considero sumamente digna de ser investigada y enseñada en nuestro tiempo.

RESPONSORIO                                                                                                             1Jn 4, 10-11.16
R. Dios nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. * Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
V. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. * Si Dios nos amó.

Laudes

HIMNO

Nos has lanzado, oh Juan, hasta su seno,
teólogo de alas extendidas,
y allí, en la Trinidad, nos has dejado,
mirando al Verbo Carne, que venía:
Dios es amor.

Al Verbo contemplaste, arrebatado,
de amor fue tu pensar y disciplina,
y viste que es Jesús su dulce nombre,
el Hijo carne y Dios Eucaristía:
Dios es amor.

Jesús es la razón y el centro ardiente
que el corazón del Padre conmovía;
y para amarse Dios a Sí en hombre,
a su Hijo Dios, como Hombre nos envía:
Dios es amor.

Por eso fue María inmaculada,
belleza de su Hijo, la Purísima,
honor de nuestra raza, preservada,
oh Juan sutil y audaz al describirla:
Dios es amor.

¡Océano de toda perfección,
oh Dios amor, que brillas y unificas
a ti, oh Trinidad, los corazones,
a ti la adoración de tu familia!:
¡Dios es amor! Amén.

Benedictus, ant. Bendito seas eternamente, Señor, Dios verdadero: de ti proviene, en ti está y para ti es todo cuanto existe.

Oración

Oh Padre, fuente de toda sabiduría, que en el beato Juan Duns Escoto, defensor de la Virgen Inmaculada, nos has dado un maestro de vida y de enseñanza, haz que, iluminados por su ejemplo y alimentados por su doctrina, permanezcamos unidos fielmente a Cristo. Que vive y reina contigo.

Vísperas

HIMNO

Juan Duns Escoto, te escogió el Señor
para ser de su gloria ardiente heraldo,
manso y humilde, docto y virtuoso,
mente de sabio, corazón de santo.

Respondiste a la voz que te llamaba,
era el amor de Dios apasionado,
tu estudio era oración y entrega a él,
viviste en ese fuego respirando.

Proclamaste que Dios es todo amor,
amor que se nos da divinizándonos,
amor su creación, amor la fuerza
que mueve el corazón de los humanos.

La cátedra y el púlpito llenaste
de la gloria de Cristo, el Hijo amado,
Cabeza de los hombres, Primogénito,
entronizado en cruz, Rey soberano.

Bebiste de las llagas de Francisco
el amor a Dios pobre, nuestro hermano,
la pasión por su Madre Inmaculada,
seguir fiel a la Iglesia, aun desterrado.

El Dios que es la razón de nuestras vidas
y a todos nos acoge con su abrazo,
por ti nos dé vivir en el amor,
por ti sea sin fm glorificado. Amén.

Magníficat, ant. Te glorificamos, Padre santo, porque eres infinitamente bueno e irradias tu bondad sobre todas las criaturas.

La oración como en Laudes.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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Una respuesta a 8 de noviembre, beato Juan Duns Escoto, presbítero, I Orden

  1. Alfonso dijo:

    Yo le pido al Beato Juan Escoto que interceda para que se me cure el resfriado. Que pueda recibir estampas de la Inmaculada Concepción y de jESÚS cRUCIFICADO

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