23 de noviembre, Conmemoración de todos los difuntos de las Tres Órdenes Franciscanas

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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

23 de noviembre
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS DIFUNTOS DE LAS TRES ÓRDENES FRANCISCANAS
Memoria Obligatoria para la Familia Franciscana

La familia franciscana celebra hoy a todos los difuntos de las Tres Órdenes que tienen a Francisco de Asís por fundador o inspirador. Para Francisco, la muerte se vuelve hermana que nos arranca de las luchas o preocupaciones de este mundo y nos introduce en una vida nueva. Precisamente, el último canto que entonó este juglar de Dios en la tarde del 3 de octubre de 1226 -día de su tránsito- fue éste: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal».

La oración y la celebración por todos los fieles difuntos de la Familia Franciscana nos invita a vivir la muerte como hermana, y al mismo tiempo nos acerca a los rostros y a las vidas de tantos hermanos y hermanas, muchos de ellos conocidos por nosotros, que nos han precedido en el camino de la fe y en el seguimiento de Cristo tras los pasos de Francisco de Asís.

Expresamos nuestra gratitud al Señor por esos hermanos y hermanas confiando en que, después de experimentar el encuentro con la hermana muerte corporal, gocen ya de Dios.

Todo como el día 2 de noviembre y del Oficio de Difuntos, excepto lo siguiente: 

Oficio de lectura

HIMNO

Por el bautismo marcados
para ser miembros de Cristo,
Dios los llamó para hacerlos
viva imagen de su Hijo.

Un cortejo franciscano,
todos hijos de la Iglesia,
canta ya en coro fraterno
un loado que no cesa.

Adornados con la gracia,
ungidos con óleo nuevo,
en confiada esperanza
ganaron el gozo pleno.

La muerte es la dulce hermana
que a resucitar nos lleva,
la vida no se termina,
es transformada en eterna.

Al Padre, al Hijo, al Espíritu
la alabanza y gloria sea,
que a los que aquí les sirvieron
abren del cielo las puertas. Amén.

PRIMERA LECTURA
De la Segunda Carta del apóstol san Pablo a los Corintios                                4, 16-17; 5, 1-10

 Al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos
una mansión eterna en el cielo

Hermanos: Aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.

Porque sabemos que, si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos. Y, de hecho, en esta situación suspiramos anhelando ser revestidos de la morada que viene del cielo, si es que nos encuentran vestidos y no desnudos. Pues los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida; y el que nos ha preparado para esto es Dios, el cual nos ha dado como garantía el Espíritu.

Así pues, siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo. Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal.

RESPONSORIO                                                                              1Cor 15, 25-26; cf. Ap 20, 13-14
R. Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. * El último enemigo en ser destruido será la muerte.
V. Entonces la muerte y el abismo entregarán sus muertos, y la muerte y el abismo serán arrojados al lago de fuego. * El último enemigo.

SEGUNDA LECTURA
De la Vida primera de san Francisco de Asís, de Tomás de Celano
(1C 109.110.112: San Francisco de Asís, Escritos, biografías, documentos de la época. Nueva edición corregida y actualizada, BAC, Madrid 2011, pp. 229-232)

 Bienvenida sea mi hermana la muerte

Habían transcurrido ya veinte años desde su conversión. Quedaba así cumplido lo que por voluntad de Dios le había sido manifestado. Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la Vida que era tan inminente.

Y él entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor.

Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy distinguido; era él muy solícito de todos los hermanos; viendo este hecho y sabedor del próximo desenlace de la vida del santo, le dijo: «¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y, perdonadas todas sus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los presentes cuanto a los ausentes».

«Hijo mío – respondió el Santo -, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los absuelvo; cuando les comuniques estas cosas, bendícelos a todos en mi nombre».

Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios, y pidió que se le leyera el evangelio de san Juan desde aquellas palabras: Antes de la fiesta Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre. Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza.

Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del santo, se durmió en el Señor. Conocido esto, se congregó una muchedumbre que bendecía a Dios diciendo: «¡Loado y bendito seas, Señor Dios nuestro! ¡Gloria y alabanza a ti, Trinidad inefable!

RESPONSORIO                                                                                            Gal 2, 19b-20; Rom 6, 5
R. Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. *  Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
V. Si hemos sido incorporados a Cristo en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya. * Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
La oración como en Laudes.

Laudes

HIMNO

A ti, rey de los que viven,
sea la eterna alabanza,
porque pusiste esperanza
en todos los que te siguen.

Los cristianos ven la muerte
no como un fin desastroso,
sí como encuentro gozoso
del amor más dulce y fuerte.

Es encuentro apasionante
contigo, Cristo adorado,
a quien el justo ha buscado
en etapa de viandante.

Francisco le dio a la muerte
el dulce nombre de hermana,
y en su visión sobrehumana,
quiso morir para verte.

Y así, para el franciscano
debe ser la gran noticia
de su muerte una delicia,
pues ve ya el cielo cercano.

Gloria y honor y alabanza
al Dios-Amor, que es la vida,
y la otorga sin medida
en eterna bienandanza. Amén.

LECTURA BREVE                                                                                                                  1Tes 4, 14
Si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.

RESPONSORIO BREVE
R. Te ensalzaré, Señor, *  Porque me has librado. Te ensalzaré.
V. Cambiaste mi luto en danza. * Porque me has librado. Gloria al Padre. Te ensalzaré.

Benedictus, ant. Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre.

PRECES

Oremos a Dios Padre todopoderoso, que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos y vivificará también nuestros cuerpos mortales, y digámosle:
Señor, danos la vida eterna.

Padre santo, ya que por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo en la muerte,
haz que de tal forma andemos en vida nueva, que aun después de nuestra muerte vivamos para siempre con Cristo.

Padre providente, que nos has dado el pan vivo bajado del cielo, para que lo comamos santamente,
haz que al comerlo tengamos vida eterna y resucitemos en el último día.

Oh Señor, que enviaste un ángel para que confortara a tu Hijo en la agonía de Getsemaní,
dígnate consolarnos en nuestro tránsito con la dulzura de tu esperanza.

Tú que concediste a Francisco de Asís la gracia de aceptar la muerte como hermana y como un signo de tu bondad paternal,
concede a todos los hermanos y hermanas de la familia franciscana acogerla como don de tu misericordia y aceptarla con gozo y esperanza.

Dios y Señor de vivos y muertos, que resucitaste a Cristo del sepulcro,
resucita también a todos los difuntos de la Familia Franciscana, y a nosotros danos un lugar junto a ellos en tu gloria.

Padre nuestro.

Oración

Oh Dios, gloria de los fieles y vida de los justos; nosotros, los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a nuestros hermanos y hermanas de la Familia Franciscana, y a nuestros parientes y bienhechores difuntos, y, pues creyeron en la futura resurrección, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo.

 Vísperas

HIMNO

Dales, Señor, la paz; dales tu Paz,
la que buscaron desde edad temprana,
yéndose por la senda franciscana
tras de tu amor como el mejor solaz.

No mires tanto su lunar de culpas
ni si anduvieron fuera de camino.
Mira tan sólo que tu amor divino
goza borrando manchas con disculpas.

Mira que tú eres misericordioso
y no te va el medir por tanto cuanto.
Mira que hablaron de tu Paz y Bien.

Padre fontal de amor, Hijo amoroso,
Espíritu de amor perenne y santo,
dales el gozo de tu Paz. Amén.

LECTURA BREVE                                                                                                          1Cor 15, 55-57
¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!

RESPONSORIO BREVE
R. A ti, Señor, me acojo: *  No quede yo nunca defraudado. A ti.
V. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. * No quede yo nunca defraudado. Gloria al Padre. A ti.

Magníficat, ant. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí; y al que venga a mí no lo echaré fuera.

PRECES

Oremos al Señor Jesús, que transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo, y digámosle:
Tú, Señor, eres nuestra vida y nuestra resurrección.

Cristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro,
lleva a una resurrección de vida a todos nuestros hermanos y hermanas difuntos de la Familia Franciscana.

Cristo salvador, destruye en nuestro cuerpo mortal el dominio del pecado por el que merecimos la muerte,
para que obtengamos en ti la vida eterna.

Cristo Señor, que permites que nuestra morada corpórea sea destruida,
concédenos una morada eterna en el cielo.

Cristo redentor, que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
alumbra con tu claridad a todos los difuntos de la Familia Franciscana.

Cristo, pan de vida que, mientras vivieron en este mundo, alimentaste con tu cuerpo y con tu sangre a nuestros hermanas y hermanas difuntos,
concédeles gozar para siempre, con Francisco de Asís, de la gloria de tu reino.

Padre nuestro.

Oración

Oh Dios, gloria de los fieles y vida de los justos; nosotros, los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a nuestros hermanos y hermanas de la Familia Franciscana, y a nuestros parientes y bienhechores difuntos, y, pues creyeron en la futura resurrección, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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Una respuesta a 23 de noviembre, Conmemoración de todos los difuntos de las Tres Órdenes Franciscanas

  1. Pepi Morales dijo:

    Un recuerdo especial y una oración en este día por todos los franciscanos de la provincia de Granada fallecidos , en especial el P. Félix , fallecido hace diez años, el P. Angel y el P. Matías , fallecidos en el último año y por el P. Carmelo S.J. y muy cercano a los franciscanos .Que sigan intercediendo por nosotros ante el Padre Misericordioso.

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