2 de diciembre, beata María Ángela Astorch, virgen, II Orden

Beata Maria Angela Astorch

LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

2 de diciembre
BEATA MARÍA ÁNGELA ASTORCH,
VIRGEN, II ORDEN.

Memoria obligatoria para las Clarisas Capuchinas
Memoria libre para la Familia Franciscana

María Ángela nació en Barcelona el 1 de septiembre de 1592. Huérfana de padre y madre, ingresó muy joven en el monasterio de las Clarisas Capuchinas de su ciudad natal, donde emitió su profesión el 8 de septiembre de 1609. A la edad de 21 años fue enviada al monasterio de Capuchinas de Zaragoza como maestra de novicias. Después de haber gobernado este monasterio como abadesa, en 1645 fundó el monasterio de Murcia. Tuvo en alto grado el don de la contemplación, alimentada por la meditación de la Liturgia de las Horas, y al mismo tiempo una caridad solícita para con las hermanas. Murió en Murcia el 2 de diciembre de 1665. Fue beatificada el 23 de mayo de 1982 por san Juan Pablo II.
Del Común de vírgenes.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De los Escritos de la beata María Ángela Astorch, virgen
(Manuscrito inédito: Archivo de la Postulación General OFMCap)

Madre y servidora de las hermanas

Esme de suma mortificación verme prelada y haber de mandar, sobre todo por tener que  responder del aprovechamiento espiritual de las religiosas.

Sentí que el Señor me decía en el íntimo del alma: «Muéstrate en todo, dechado de buenas obras». Con esto quedé enseñada sobre mi obligación de servir de ejemplar a las hermanas y de aventajarme en más perfección. Mi norma es sufrir y callar, y llevar el peso que las cosas de gobierno traen consigo, como sierva de la casa del Señor. Me juzgo indigna de estar entre las siervas del Señor.

Tengo presente que no a todas lleva Dios por un camino. Debo ayudarlas, con suavidad y dulzura, a caminar el paso que él ha marcado a cada una, sin pretender enfilarlas a todas de la misma manera. Mi ordinario obrar es a vista de mi divino Señor. Sufro y me resigno, tengo paciencia y callo, niego mi gusto y querer y entender, uno mi sentir al parecer ajeno, con humilde dejo, en las cosas indiferentes. Venero en mis religiosas la santidad oculta que Dios ha infundido en sus almas. Tolero sus condiciones y naturales, sabiendo que somos vasos quebradizos. De sus flaquezas no me admiro, si bien las compadezco, por lo que puede haber de detención en ellas para ser santas, y más por no ser Dios más servido, a quien es cosa indigna servir sin mucha santidad, pureza y humildad. Y así las voy conllevando.

Ardo en ansias de que todas mis religiosas gocen de lo que yo siento y gozo en las comunicaciones íntimas del Señor, con mejoras en las virtudes; y deseo que ello sea sin advertirlo yo, sino de pronto y al primer golpe, por la gracia interior que obra en cada una, quedando yo humillada y aniquilada en mi nada, igual en los quereres de Dios como en sus permisiones. Muchas veces me privé del sustento de mi espíritu para darlo a ellas, complaciéndome en los alientos y en la consolación que recibían.

Estoy atenta a llevar sus condiciones y naturales y a acudirlas en sus necesidades, aunque me lo quite de mi comodidad. En cuanto a sus faltas y caídas, me parecen muy leves en comparación de las mías. Pero la falta o descuido no la puedo hacer buena, so pena de ignorar la verdad. Las excuso, pero, como tengo el cuidado de ellas, procuro se corrijan y se ajusten a dar buen ejemplo, al exterior, y más ante Dios, cumpliendo con sus obligaciones conforme lo exige nuestro estado y el ejercicio de la virtud.

Me ejercito en morir a mí misma, dando a mi divino Señor mi vida en sacrificio. Y no me faltan ocasiones, porque me guiso a mí misma para comida gustosa de todas, pero no con tanta facilidad que, en diversas ocasiones, no sienta mi natural muchas dificultades, apeteciendo el descanso de no llevar esta cruz y de no tener que morir tantas veces en los sacrificios que se ve obligado a hacer mi entendimiento. Dejo pasar en las cosas de poca importancia, no dándoseme nada se haga lo contrario de mi sentir y querer. El ajustarme a todos los naturales es, sin duda, obra de la gracia.

Las llevo a todas encerradas en mi corazón. Las amo tanto, que daría mi vida, si necesario fuera, por cada una de mis hijas; más aún, para su mayor santidad, la diera públicamente en el suplicio más afrentoso del mundo.

RESPONSORIO
Cf. Rom 12, 1.8

R. Os exhorto a que presentéis vuestros cuerpos * Como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.
V. El que tiene el don de la exhortación, que exhorte, el que da, que dé con sencillez, el que preside, que lo haga con solicitud. * Como sacrificio.

Laudes

Benedictus, ant. Esta es la virgen prudente que, unida a Cristo, resplandece como el sol en el reino celestial.

Oración

Oh Dios, rico con todos los que te invocan, que adornaste a la beata María Ángela, virgen, con el don de penetrar de modo inefable en el tesoro de tus riquezas por medio de la celebración diaria de la liturgia de alabanza: concédenos, por su intercesión, dirigir a ti de tal manera nuestras acciones, que seamos alabanza de tu gloria en Jesucristo, tu Hijo. Que vive y reina contigo.

Vísperas

Magníficat, ant. Ven, esposa de Cristo, recibe la corona de gloria que el Señor te tiene preparada.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

 

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

 

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

 

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

 

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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