Juntos hacia la verdad

Juntos hacia la verdad

Nunca más la guerra, nunca más la violencia, nunca más el terrorismo. La palabra de Benedicto XVI resonó de nuevo con fuerza y claridad como conclusión del encuentro de Asís, un cuarto de siglo después del convocado por su predecesor en 1986. Retomando el angustiado grito de Pablo VI —jamais plus la guerre, jamais plus la guerre!— lanzado ante las Naciones Unidas, donde el Papa Montini se había presentado como el mensajero al final de un largo viaje, cuando definió a la Iglesia de Roma experta en humanidad, título sencillo y solemne. Era el 4 de octubre de 1965, veinte años después del final del segundo conflicto mundial, mientras estaba a punto de concluir el concilio Vaticano II y mientras pesaban sobre el mundo, a pesar de la euforia de los golden sixties, las divisiones y los bloques de la guerra fría con la pesadilla del conflicto nuclear.

La predicación de paz de los sucesores del apóstol Pedro que marcó todo el siglo XX queda, por lo tanto, confirmada; más aún, se hace más decisiva y convincente. Suscitando consensos convencidos y adhesiones crecientes, como lo indican el número y la calidad de las personas presentes en el encuentro recién concluido. Se puede decir sin exageraciones que no faltó nadie entre los centenares de exponentes de las confesiones cristianas y de otras religiones que se dieron cita en la ciudad umbra. Y a ellos se unieron —invitados explícitamente por Benedicto XVI— intelectuales no creyentes, novedad importante y coherente con el pontificado abierto y valiente de un Papa amable que, día tras día, con hechos y con palabras claras está deshaciendo las imágenes infundadas, y a veces ofensivas, dentro de las cuales se lo quisiera reducir.

Ninguna retórica inútil y efímera hizo pesado el encuentro de Asís, que se desarrolló bajo el signo de una esencialidad sencilla que también de este modo acercó a todos los presentes a san Francisco, figura que rebasa cualquier pertenencia religiosa e ideológica. Así, fue fuertemente expresivo al concluir la jornada el homenaje silencioso de los participantes en el encuentro, cristianos y no cristianos, a la tumba del santo a quien ya sus contemporáneos consideraron un «segundo Cristo» y que inspiró la intervención del teólogo luterano noruego Olav Fykse Tveit,  secretario general del Consejo mundial de Iglesias.

Y la gente lo comprendió, reuniéndose con alegría y compostura en torno al Papa que quiso tomar el mismo nombre de Benedicto XV —recordado sobre todo por haber alzado la voz contra la enorme matanza del primer conflicto mundial— y en torno a los delegados cristianos y no cristianos que estuvieron con él para comprometerse a avanzar juntos en un camino que el filósofo mexicano Guillermo Hurtado, en representación de los no creyentes, definió «búsqueda común de la verdad, de la justicia y de la paz ».

Del encuentro de Asís quedará la esencialidad, hecha de imágenes colmadas de símbolos y de palabras. También ellas alejadas de la retórica —tan fácil cuando se habla de paz— y arraigadas con humildad en la historia. Como las de Julia Kristeva que, celebrando el humanismo, se unió a Benedicto XVI al reconocer el valor de la intuición de Juan Pablo II y de su aliento a resistir cuando aún se erguía y parecía invencible el coloso de pies de arcilla del totalitarismo ateo.

Tres años después del primer encuentro de Asís cayó el muro de Berlín, subrayó el Papa venido de Alemania. Desde entonces la guerra y la discordia han asumido otros rostros, desde el terrorismo hasta el flagelo de la droga, en sociedades cada vez más desorientadas y extraviadas por haber querido alejar a Dios de su horizonte. Un Dios amigo de los hombres y del que los hombres sienten nostalgia. Por esto muchos lo buscan, a menudo escandalizados por los creyentes que —dijo Benedicto XVI— por ello deben purificarse cada día. Para caminar juntos hacia la verdad.

29 de octubre de 2011
http://www.osservatoreromano.va
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