Liturgia de las horas propio de la Familia Franciscana

santa eustoquia

19 de enero
SANTA EUSTOQUIA CALAFATO,
VIRGEN, II ORDEN
Memoria libre para la II Orden

Nació en Mesina, Italia, el 25 de marzo de 1434. La impronta de su madre, fervorosa cristiana y entusiasta del carisma franciscano, le marcó de por vida para el bien y la entrenó en la oración, las buenas obras y el amor al crucificado. También bebió en las fuentes renovadoras de los grandes reformadores san Bernardino de Siena, san Juan de Capistrano y san Jaime de Las Marcas. Ingresó en las Clarisas de Mesina, recorriendo con gran fidelidad el arduo itinerario del seguimiento de Cristo. Para guiar la comunidad a la genuina observancia de la Regla de santa Clara fundó el nuevo monasterio de Montevergine desde donde guió a las hermanas hacia la perfección de la caridad con prudencia, solicitud y bondad. Murió el 20 de enero de 1485. Fue canonizada por Juan Pablo II el 11 de junio del año 1988.
Himnos castellanos en el apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Tercera Carta de santa Clara, virgen y fundadora, a santa Inés de Praga
(3CtaCl 5-26: Los escritos de Francisco y Clara de Asís: Textos y apuntes de lectura, EFA, Oñati 2001, pp. 346-348)

Nadie podrá privarme de tanto gozo

Realmente puedo alegrarme, y nadie podrá privarme de tanto gozo, porque, teniendo ya lo que anhelé tener bajo el cielo, veo que tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría que proviene de la boca misma de Dios, triunfas, de modo asombroso e impensable, sobre las astucias del sagaz enemigo, sobre la soberbia que arruina la naturaleza humana y la vanidad que vuelve fatuos los corazones de los hombres; y porque veo también que con la humildad, el vigor de la fe y los brazos de la pobreza abrazas el tesoro incomparable, escondido en el campo del mundo y de los corazones de los hombres, con el que se compra a aquel que hizo todas las cosas de la nada; y, porque, por decirlo con las mismas palabras del apóstol, te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros de su Cuerpo inefable que caen.

¿Quién podrá, por consiguiente, decirme que no goce de tantas y tan admirables alegrías? Alégrate, pues, siempre en el Señor también tú, queridísima, y no dejes que te envuelva tiniebla alguna ni amargura, oh señora amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de las hermanas; pon tu mente en el espejo de la eternidad, pon tu alma en el esplendor de la gloria, pon tu corazón en la figura de la divina sustancia, y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad, para que así sientas también tú lo que sienten los amigos al saborear la dulzura escondida que el mismo Dios ha reservado desde el principio para los que le aman. Y dejando a un lado absolutamente todo lo que en este mundo falaz e inestable tiene atrapados a los que ciegamente lo aman, ama con todo tu ser a aquel que totalmente se entregó por tu amor, cuya belleza admiran el sol y la luna, y cuyos premios y su preciado valor y grandeza no tienen fin; ama a aquel -te digo- que es el Hijo del Altísimo, a quien dio a luz la Virgen, que después del parto siguió siendo virgen. Apégate a su dulcísima Madre, que engendró un tal Hijo, al que no podían contener los cielos, y ella, sin embargo, lo acogió en el pequeño claustro de su vientre sagrado, y lo llevó en su seno de doncella.

¿Quién no detestará las asechanzas del enemigo de los hombres, que, por el fasto de unas glorias pasajeras y engañosas, trama reducir a la nada aquello que es mayor que el cielo? Pues está claro que, por la gracia de Dios, la más noble de sus criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, porque los cielos, con las demás criaturas, no pueden contener a su Creador, y, sin embargo, el alma fiel sola es su morada y su sed; y esto sólo por la caridad, de la que carecen los impíos, porque, como dice la Verdad: Al que me ama, lo amará mi Padre y lo amaré yo, y vendremos a él y haremos morada en él.

Como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente en su seno, así también tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes, sin lugar a dudas, llevarlo siempre espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, conteniendo en ti a aquel que te contiene a ti y a todos las cosas, y poseyendo aquello que poseerás más firmemente que todas las posesiones pasajeras de este mundo.

RESPONSORIO                                                                                           Cf. Cant 1, 15; Rom 8, 35
R. ¡Qué hermosa eres, virgen de Cristo! * Tú que has merecido recibir la corona del Señor, la corona de la virginidad perpetua. 
V. Nadie podrá quitarte la palma de la virginidad, ni separarte del amor de Cristo. * Tú que has merecido.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Ven, esposa de Cristo, recibe la corona de gloria, preparada para ti, desde la eternidad.

Oración

Padre de bondad, que te complaces en los limpios y sencillos de corazón, te pedimos por intercesión de santa Eustoquia, que siguió a Jesús pobre y crucificado, la gracia de abrazar con amor la cruz de cada día. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,

en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria

de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,

mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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