20 de enero, beato Juan Bautista Triquerie, presbítero y martir, I Orden

14 martyrs de Laval

20 de enero
BEATO JUAN BAUTISTA TRIQUERIE,
PRESBÍTERO Y MÁRTIR, I ORDEN
Memoria libre para la OFMConv

Juan Bautista Triquerie nació en 1737. Ingresó en la Orden de los Hermanos Menores Conventuales ordenándose de presbítero. Se distinguió por su profunda vida de fe y por su servicio y asistencia a las Clarisas y otras religiosas. Forma parte del glorioso y heroico grupo de los diecinueve mártires de Laval durante la Revolución Francesa. Al declararse ésta, Juan Bautista rehusó con firmeza pronunciar el juramento que imponía la ley civil, un juramento contrario a la Iglesia, a la que él quiso permanecer fiel aun a costa de su propia vida. Por ello, fue primero encarcelado y luego condenado a muerte. Fue asesinado el 21 de enero de 1794, junto con otros sacerdotes y algunas religiosas martirizados en las mismas circunstancias. Fueron beatificados por Pío XII el 19 de junio de 1955.
Del Común de uno o varios mártires.
Himnos castellanos en el apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, de san Juan Pablo II, papa
(Núms.6.13)

El martirio es la encarnación del Evangelio de la esperanza

En la época del autor del Apocalipsis, tiempo de persecución, tribulación y desconcierto para la Iglesia, en la visión se proclama una palabra de esperanza: No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive: estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Abismo. Estamos ante el Evangelio, la Buena nueva, que es Jesucristo mismo.

Él es el Primero y el Último: en él comienza, tiene sentido, orientación y cumplimiento toda la historia; en él y con él, en su muerte y resurrección, ya se ha dicho todo. Es el que vive: murió, pero ahora vive para siempre. Él es el Cordero que está de pie en medio del trono de Dios: es inmolado, porque ha derramado su sangre por nosotros en el madero de la cruz; está en pie, porque ha vuelto para siempre a la vida y nos ha mostrado la omnipotencia infinita del amor del Padre.

Tiene firme en sus manos las siete estrellas, es decir, la Iglesia de Dios perseguida, en lucha contra el mal y contra el pecado, pero que tiene igualmente derecho a sentirse alegre y victoriosa, porque está en manos de
quien ya ha vencido el mal.

Quiero proponer a todos para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que ha habido en el último siglo, tanto en el Este como en el Oeste. Ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, frecuentemente hasta el testimonio supremo de la sangre.

Estos testigos, especialmente los que han afrontado el martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y para la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo.

Más radicalmente, demuestran que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza. En efecto, los mártires anuncian este Evangelio y lo testimonian con su vida hasta la efusión de su sangre, porque están seguros de no poder vivir sin Cristo y están dispuestos a morir por él, convencidos de que Jesús es el Dios y el Salvador del hombre y que, por tanto, sólo en él encuentra el hombre la plenitud verdadera de la vida. De este modo, según la exhortación del apóstol Pedro, se muestran preparados para dar razón de su esperanza.

Los mártires, además, celebran el «Evangelio de la esperanza», porque el ofrecimiento de su vida es la manifestación más radical y más grande del sacrificio vivo, santo y agradable a Dios que constituye el verdadero culto espiritual, origen, alma y cumbre de toda celebración cristiana.

Ellos, finalmente, sirven al «Evangelio de la esperanza», porque con su martirio expresan en sumo grado el amor y el servicio al hombre, en cuanto demuestran que la obediencia a la ley evangélica genera una vida moral y una convivencia social que honra y promueve la dignidad y la libertad de cada persona.

RESPONSORIO                                                                                            2Tim 4, 7-8; Flp 3, 8.10
R. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. * Me está reservada la corona de la justicia.
V. Todo lo considero pérdida con tal de ganar a Cristo, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte. * Me está reservada.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. El que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna.

Oración

Señor y Dios Padre, que concediste al beato Juan Bautista, presbítero, la caridad en la vida, la constancia en la fidelidad a tu Iglesia y la gloria del martirio, haz que también nosotros, animados por esta misma caridad, te sigamos con generosidad y perseverancia. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y, porque le amaron hasta derramar su sangre, reinan con el Señor eternamente.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,

en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria

de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,

mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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