8 de mayo, beato Jeremías de Valaquia, religioso, I Orden

beato Jeremías de Valaquia

8 de mayo
BEATO JEREMÍAS DE VALAQUIA,
RELIGIOSO, I ORDEN
Memoria libre para OFMCap

El beato Jeremías nació en Valacchia Menor, Rumanía, en 1556. A los 18 años dejó su patria y se marchó a Italia, donde vivió hasta su muerte. El 8 de mayo de 1579 emitió la profesión religiosa en los Hermanos Menores Capuchinos de Nápoles. Ejerció varios oficios en distintos conventos, hasta que en 1585 recibió el encargo de enfermero del convento de San Efrén el Nuevo. Allí permaneció más de cuarenta años gastando su vida en el servicio más generoso y siempre con «alegría y serenidad en su rostro». Con sinceridad y gozo rezaba: «Señor, le doy gracias porque he servido siempre y nunca he sido servido, siempre he sido súbdito y nunca he mandado nada a nadie». Murió en Nápoles el 5 de marzo de 1625, victima de la caridad y de la obediencia, por visitar a un enfermo que se encontraba en Torre del Greco. Querido por ortodoxos y católicos, el humilde hermano capuchino es hoy gloria y esperanza de su patria, Rumanía. Fue beatificado por Juan Pablo II el 30 de octubre de 1983 .
Del Común de santos varones: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
Del Discurso del beato Juan XXIlI, papa, en la declaración de la heroicidad de las virtudes del beato Jeremías de Valaquia
(Discorsi, messaggi, colloqui del santo padre Giovanni XXIII, II, Città del Vaticano 1962. pp. 79-83)

Siempre en la presencia del Señor

La ceremonia que se está desarrollando, aunque sencilla, es, sin embargo, motivo de gran alegría, ya que desde esta sala Vaticana se difundirá rápidamente, como el rayo, a todos los rincones del mundo donde se preste atención a uno de los temas fundamentales de la ascesis cristiana: la santidad. Esta es, en efecto, una de las cuatro notas características de la Iglesia del Señor.

Diversas circunstancias de distinta naturaleza, nos llevan a pensar en muchas de sus posibles aplicaciones, oportunas y conmovedoras, pero hemos de limitamos a pocas palabras.

Digamos que la patria del hermano Jeremías de Valaquia fue Rumanía, un viejo país de Europa, cuyo nombre recuerda sus lazos de unión con la madre común de todas las patrias.

El humilde hermano preguntó un día a su buena madre, qué tenía que hacer para asegurarse la salvación eterna. Aquella bondadosa mujer le señaló a su hijito la luz encendida en el monte: la Iglesia santa del Señor. Y aquel adolescente, con un valor superior a su edad y educación, emprendió un viaje, y no encontró paz hasta que no aterrizó en su segunda familia, la Orden Franciscana, parcela elegida de la Iglesia Católica, que le dio un nombre nuevo, un santo hábito y una Regla sublime y evangélica.

Cuarenta y siete años de humilde servicio: siempre alegre, dispuesto y generoso. En los ojos inocentes del hermano Jeremías estaba siempre presente el reflejo de las extensas llanuras de su patria terrena, en las cuales pensaba con filial ternura. Sin embargo, no se sentía un extraño en Italia: el pueblo napolitano, exquisito en sus juicios y muy entusiasta en sus simpatías, amó, tanto en vida como en muerte, a este hijo de adopción.

Todo el secreto de la santificación de esta alma está en la sencillez de su pensamiento, de sus decisiones y de su proceder: siempre bajo la mirada del Señor, confiando siempre en él y estando siempre dispuesto a acoger en todo momento las inspiraciones divinas y las indicaciones de la obediencia.

¡Es un estímulo para todos nosotros! La sencillez es el rasgo más atractivo de la fisionomía del hermano franciscano Jeremías de Valaquia. La sencillez es el hábito que necesita aquel que, acercándose a Belén, quiere tener la seguridad de encontrarse como en su casa junto a
la Sagrada Familia, y estar seguro de poder comprender el lenguaje de María y de José y de llegar a interpretar el silencio del divino Niño Jesús.

RESPONSORIO                                                                                    Mt 25, 35.36.40; Prov 19, 17
R. Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis. * Lo que hicisteis a uno de estos hermanos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Aleluya.
V. Presta al Señor quien se apiada del pobre . * Lo que hicisteis.

La oración como en Laudes.

 Laudes

Benedictus, ant. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros. Aleluya.

Oración

Padre misericordioso, que has concedido al beato Jeremías imitar a tu Hijo en el servicio a los hermanos y en la total inmolación por ellos, concédenos recorrer el camino evangélico de la humildad y de la caridad para colaborar en tu designio universal de salvación. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti. que ellos también lo sean en nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno. Aleluya.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

 

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

 

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

 

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

 

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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