19 de mayo, san Teófilo de Corte, presbítero, I Orden

Teofilo de Corte

19 de mayo
SAN TEÓFILO DE CORTE,
PRESBÍTERO, I ORDEN

Memoria libre para la OFM

Teófilo nació en Corte (Córcega), en 1676, hijo de una familia acomodada. Ingresó en los Hermanos Menores en su ciudad natal, y terminó los estudios de filosofía en Roma y de teología en Nápoles. Fue ordenado sacerdote en 1 700.
Dada su sólida formación, se dedicó con verdadera entrega a la predicación y a la dirección espiritual. Pero su gran apostolado lo desarrolló a través de la creación de Casas de Retiro, a lo que dedicó gran parte de su vida y actividad. Tuvo que superar muchas dificultades por la resistencia de algunos hermanos a la vida en el retiro y el silencio, pero todas las superó con una dulzura y suavidad encomiables, y, sobre todo, con gran paciencia, a pesar de su temperamento fogoso. Lleno de santidad y de virtudes, murió a los 64 años de edad, el 19 de mayo de 1740. Pío XI lo canonizó en 1930.
Del Común de pastores o de santos varones: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Bula de canonización de san Teófilo de Corte
(AOFM, L. 1931, pp. 129.135)

Un admirable testimonio de celo apostólico

Al bienaventurado Teófilo le fue confiada la dificilísima tarea de promover una más estrecha y rígida disciplina en los conventos y casas de retiro de su Orden. Y él, inflamado de celo y sostenido por la ayuda de Dios, supo alcanzar la tarea que se le había confiado con ánimo pronto e intrépido, no sin haber tenido que superar increíbles dificultades.

Teófilo conocía bien cuanto era necesario para promover en los hermanos el deseo de la piedad y de la disciplina religiosa, yendo él por delante en las virtudes que inculcaba a los otros. Por eso intentó siempre confirmar la palabra con el ejemplo y vivió con entrega la pobreza, la castidad, la obediencia y todas las demás virtudes.

Amó tanto la pobreza que buscaba siempre en la alimentación y en las condiciones ordinarias de la vida, lo estrictamente necesario, usando vestidos gastados y toscos, pidiendo limosna de puerta en puerta para el sustento de su comunidad. En lo que respecta a la obediencia, siempre fue pronto para poner por obra cuanto le mandaban los superiores. En cuanto a la castidad, por medio de la mortificación del propio cuerpo, conservó siempre la simplicidad de ánimo y la inocencia de costumbres.

Pero principalmente fue en la caridad donde él se distinguió de modo especial, visitando a los enfermos, asistiendo a los moribundos, ayudando a los pobres, consolando a los afligidos, aconsejando a los dudosos, en fin, socorriendo al prójimo según su situación y necesidad.

Así Teófilo fue útil no sólo para sus hermanos, con la palabra y el ejemplo, sino que ofreció una preciosísima ayuda a las poblaciones cristianas a las que era enviado para ejercer su ministerio. Especialmente en la predicación y en el confesionario, se puede decir que no conocía tregua. Por este motivo, muchos obispos de Toscana, maravillados por tanta santidad, se lo disputaban, bien para dar misiones populares, bien para predicar ejercicios
espirituales. Además, Teófilo realizaba todo esto con tanta prontitud y constancia que ni la falta de fuerzas , ni la dureza de los viajes, ni las incomodidades de los hospedajes, ni la inclemencia de las estaciones, le echaban atrás. Recorría incansable los pueblos, las aldeas y los caseríos, y toleraba con un aguante extraordinario los calores estivales, los fríos invernales y cualquier dificultad que le sobreviniese. Por eso, no hay que maravillarse de que, a su paso, la gente se agolpara en torno a él ansiosa de verlo y escucharlo.

Con tantas fatigas es lógico que consiguiera preciosos frutos de gracia. En efecto, por su medio, se superaron muchas enemistades, se extirparon de raíz muchas costumbres pecaminosas, en ocasiones las familias recobraron la paz, se restableció la integridad de costumbres, y se acrecentó la piedad y el celo por la salvación de las almas. Con todo razón, por tanto, le llamaban apóstol los habitantes de Fucecchio y la entera diócesis de san Miniato, donde con mayor frecuencia desarrolló su ministerio. Y por la misma razón lloraron su muerte tanto sus hermanos como el pueblo, pues desaparecía un insigne modelo de santidad.

RESPONSORIO
Cf. Lc 6, 47-48; Eclo 33, 1

R. Dichoso el que escucha mis palabras y las pone en práctica. * Es semejante a un hombre que edificó su casa sobre roca. (T.P. Aleluya.)
V. El que teme al Señor no sufrirá desgracias, e incluso en la prueba será liberado. * Es semejante. (T.P. Aleluya.)
La oración como en Laudes.

Laudes

 

Benedictus, ant. Ahí tenéis la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones. (T.P. Aleluya.)

Oración

Oh Dios, que has concedido a san Teófilo imitar la vida de oración de nuestro padre san Francisco, haz que, por su intercesión, podamos servirte siempre con corazón puro y estar arraigados en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Os he dado a conocer el poder y la venida del Señor nuestro Jesucristo. Esta voz la oí que descendía del cielo mientras estaba con él en el monte santo. (T.P. Aleluya.)

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

 

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

 

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas

esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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