Liturgia de las horas: 2 de junio, san Félix de Nicosia, religioso, I Orden

San Felix de Nicosia2 de junio
SAN FÉLIX DE NICOSIA,
RELIGIOSO, I ORDEN
Memoria obligatoria para OFMCap

Félix Santiago Antonio Amoruso, nació en Nicosia, Sicilia, en 1715, de familia muy pobre, pero de grandes valores cristianos. Fue admitido en la Orden de los Hennanos Menores Capuchinos en 1745, en el convento de Nicosia, donde se dedicó a las tareas más humildes con gran espíritu de servicio y sencillez evangélica. Se distinguió por la pureza de costumbres y la observancia de la más estricta pobreza, por la obediencia heroica y por la caridad para con los enfermos y encarcelados. Murió en Nicosia el 31 de mayo de 1787. León XIII aprobó su culto en 1888, y Benedicto XVI lo canonizó en el año 2005.
Del Común de santos varones: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Carta Veinticinco memoriales de perfección, de san Buenaventura, obispo
(Núms. 3-6: Obras de san Buenaventura, IV, BAC, Madrid, 1947, pp. 581-583)

Tomad mi yugo sobre vosotros y encontraréis descanso para vuestras almas

Venid a mí -dice él Señor- todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. ¡Oh Señor!, ¿de quién necesitas? ¿Por qué nos llamas? ¿Qué hay de común entre ti y nosotros? ¡Oh palabras verdaderamente misericordiosas!: Venid a mí -dice-, y yo os aliviaré.

¡Oh admirable condescendencia, oh caridad inefable! ¿Quién ha hecho jamás tales maravillas? ¿Quién ha oído jamás o visto tales cosas? He aquí que invita a sus enemigos, anima a los culpables, atrae a los ingratos. Venid a mí todos -dice-, y aprended de mí; tomad mi yugo sobre vosotros y encontraréis descanso para vuestras almas. ¡Oh palabras dulcísimas, palabras suavísimas, palabras divinas, más tajantes que espada de doble filo, que se hienden en lo más íntimo del alma y la llenan de infinita dulzura, penetran hasta el punto donde se dividen alma y espíritu!

Despiértate, ¡oh alma cristiana!, ante la maravilla de tanta bondad, al contacto de semejante dulzura y la fragancia de tanta suavidad. Ciertamente, el que permanece insensible está enfermo, ha perdido el juicio, se aproxima a la muerte. Inflámate, te ruego, ¡oh alma mía!, dilátate, embriágate de dulzura en la misericordia de tu Dios, en la mansedumbre de tu Dios, en el amor de tu Esposo; que el ardor de tu amado te inflame, que su amor te dilate, que su suavidad te embriague, y que ya nadie te impida entrar, poseerlo, gustarlo.

¿Qué más podemos buscar, qué más podemos esperar, qué más podemos desear? En él sólo poseemos todos los bienes. Pero, ¡ay!, ¡cuán miserable es nuestra ceguera, cuán profunda nuestra miseria, cuán detestable nuestra locura! Se nos llama al descanso, y buscamos el trabajo; se nos invita al consuelo, y vamos tras el dolor; se nos promete el gozo, y apetecemos la tristeza. Miserable es nuestra flaqueza y miserabilísima nuestra perversidad. Nos hemos vuelto insensibles y casi inferiores a los ídolos, pues tenemos ojos y no vemos, oídos y no oímos, razón y no discurrimos, tomamos lo amargo por dulce y lo dulce por amargo.

¡Oh Dios! ¿quién nos corregirá de tanto desvarío? ¿Quién podrá satisfacer tamaña ofensa? Nada bueno, por cierto, hay en nosotros si no viene de tu mano: tú sólo puedes corregirnos, tú sólo puedes satisfacer por nuestras culpas, tú sólo, que conoces nuestra hechura; tú que eres nuestra salud, nuestra redención y realizas este cambio sólo en aquellos que, reconociéndose en el fondo de su miseria, esperan sólo de ti ser de ella levantados.

Levantemos, pues a Dios los ojos de nuestra alma, y consideremos el abismo en que yacemos postrados, porque el que ignora su propia caída no tiene medio de levantarse; y desde el fondo del abismo clamemos al Señor con fuerza, para que él nos alargue su mano misericordiosa, que jamás se encogerá para salvarnos.

No perdamos una esperanza que con tanta largueza será recompensada. Comparezcamos confiadamente ante el trono de la gracia, para alcanzar la meta de nuestra fe: la salvación de nuestras almas. ¡No dudemos! Ya la vida nos llama, la salud nos espera, la tribulación nos empuja a entrar. ¿Qué hacemos? ¿Por qué somos tan perezosos? ¿Por qué nos retrasamos?

Empeñémonos en entrar en el descanso del gozo eterno, donde hay prodigios misteriosos, maravillas sin cuento. Que el recuerdo de Jerusalén ocupe nuestro corazón; suspiremos por nuestra patria, caminemos hacia lo alto, hacia nuestra madre; internémonos en la consideración de las obras del Señor y contemplemos a nuestro dulce Rey que reina sobre ellas, y que nuestros corazones se derritan en la muchedumbre de sus misericordias.

RESPONSORIO                                                                                                               Sal 83, 2-3.11
R. ¡Qué deseables son tus moradas, Señor del universo! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor. * Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. (T.P. Aleluya.)
V. Yo prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados. * Mi corazón y mi carne.
La oración como en Laudes.

Laudes

 

Benedictus, ant. Su extrema pobreza se cambió en la riqueza de su generosidad. Se encaminó bien, no sólo delante del Señor, sino también delante de los hombres. (T.P. Aleluya.)

Oración

Dios misericordioso, que enseñaste a san Félix de Nicosia a servirte con simplicidad y humildad, y dispusiste su corazón para los bienes celestiales, concédenos imitar sus ejemplos en la tierra para participar de su gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Me alegro de mis sufrimientos que soporto por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia. (T.P. Aleluya.)

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!» (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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