Liturgia de las horas: 16 de junio, beato Aniceto Koplin, presbítero, y compañeros, mártires, I Orden

beato Aniceto Koplin y companeros16 de junio
BEATO ANICETO KOPLIN, PRESBÍTERO,
Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES, I ORDEN

Memoria libre para OFMCap

Cinco Hermanos Capuchinos polacos, el más representativo de los cuales es el beato Aniceto Koplin, fueron martirizados en los difíciles años 1941-1942, durante la cruenta persecución nazi de la II Guerra Mundial.
Aniceto nació en 1875 de una familia polaco-alemana. A los 22 años ingresó en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos y en 1900 fue ordenado presbítero. Muy estimado como confesor e «ilustre limosnero de Varsovia», brilló por su espíritu fraterno y misericordioso.
Apresado y encarcelado, y tras sufrir crueles penalidades, murió en la cámara de gas del campo de concentración de Auschwitz el 16 de octubre de 1941. Otros cuatro hermanos de hábito, Sinforiano, Enrique, Florián y el estudiante teólogo Fidel, sufrieron idéntico martirio en 1942 en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau. Juan Pablo II los elevó a la gloria de los altares, junto a cinco Franciscanos Menores y siete Conventuales en un grupo de 108 «mártires del holocausto», el 13 de junio de 1999.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

 Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De un Sermón de Kajetan Ambrozkiewicz, presbítero, compañero de los mártires
(Lublin, 23 .x1.l94 7: A. Bednarek – J. F. Duchniewski, Capuchinos en Polonia. La presencia en la historia y en la conciencia social, Lublin 1990, pp. 76-84)

Estoy clavado en la cruz con Cristo

Un capuchino de nuestro grupo, que no sobrevivió en Dachau, es el padre Enrique Krzyszttofik. Muchos de los aquí presentes recordarán sin duda su figura, débil y, sin embargo, tan simpática, llena de fervor y de caridad.

Antes de la guerra él era el que pisaba con más frecuencia este púlpito y la gente hasta hoy se hace eco de sus fervorosas predicaciones. Te imagino subido en el púlpito, padre Enrique. Cuando predicabas la palabra de Dios eras todo fervor y corazón. Y te imagino en la cátedra, en el aula de nuestro seminario conventual el primer día de clase, un día de otoño de 1939. Aún resuenan en mis oídos las palabras que entonces pronunciaste. Dijiste entre otras cosas esta frase: «Mejor una breve llamarada que una larga humareda». No, padre Enrique, en la vida no has hecho humo. No hiciste humo, no tuviste miedo el 25 de enero de 1940 cuando la Gestapo rodeó el convento y arrestó a todos los padres y coristas. No hiciste humo cuando nos llevaron a la cárcel y, a la espera de hacer el sitio para nuestro grupo de veintitrés personas, nos hicieron permanecer en pie en una celda oscura destinada ordinariamente a los condenados a muerte. Entonces nos dijiste: «Hermanos, mientras tengamos la mente lúcida hagamos este buen propósito: todo lo que pueda sucedemos en el futuro, cualquier cosa que nos pase, que cada uno de nosotros la ofrezca a Dios».

Y ¿qué debo decir de tu vida en el campo de concentración, padre director? ¿Qué debo decir de tus veinticinco meses pasados en Sachsenhausen y Dachau? ¡Oh no, padre!, no has hecho humo ni siquiera allí. Cuando te trajeron a Polonia, a ti el primero, gracias al dinero que llevabas compraste en la tienda de Sachsenhausen dos hogazas -un tesoro inmenso- las dividiste en tantos pedazos cuantos éramos los que nos encontrábamos allí y nos dijiste: «¡Animo, hermanos, saboread los dones del Señor. Mientras haya … !» Este noble gesto, el tuyo, está en condiciones de apreciarlo quien ha estado en un campo de concentración y sabe cuánta abnegación, incluso heroísmo, hace falta para distribuir dos hogazas cuando se tiene hambre y las devoraría uno solo.

Tu mayor desgracia, pero también tu mayor grandeza, fue la de no saber «hacer humo» ni siquiera en un campo de concentración, a pesar de que allí te quemabas, ardías. Y luego enseguida tu llama se apagó.

Cuando te encontrabas tan débil que no podías volver solo al trabajo; cuando tus hermanos te tuvieron que llevar desvanecido al hospital, cuando el buen sentido hubiera aconsejado no enseñar los últimos restos de energía de un organismo extenuado -porque en aquel entonces se ingresaba en el hospital sólo a quien estaba desvanecido o moribundo- tú, sentiste los gritos furiosos del enfermero, que era enemigo acérrimo de los sacerdotes, y, con un último esfuerzo, tú solo te pusiste en pie. Te encontrabas en las últimas. y aún nos dijiste: «Cuando haya muerto rezaré por vosotros, para que podáis salir del campo y jamás volváis a sentir hambre».

Algún día después estabas tan extenuado que ni siquiera las voces del inhumano enfermero consiguieron ponerte en pie. Te hospitalizaron en el último estado de agotamiento físico. No sobreviviste mucho allí dentro… 

No te vimos en el lecho del hospital. Pero poco antes de expirar nos escribiste, a tu querido grupo de clérigos, una carta de despedida que es como tu testamento. Hoy me la sé de memoria.

Todavía veo las paredes verdosas del bloque veintiocho, segundo camarote, allí cerca oíamos el pasar lista por las tardes. Escribías así, padre: «¡Queridos hermanos! Estoy en la galería en el bloque siete. He adelgazado horrorosamente porque la hinchazón del hambre ha bajado. Peso treinta y cinco kilos. Me sienta mal todo. Estoy tendido en el lecho como sobre la cruz, unido a Cristo. Y me agrada estar así y sufrir con él. Os saludo a todos, uno por uno. Nos veremos en el cielo».

Nosotros, ya veteranos del campo de exterminio, nos sentíamos incapaces de llorar, teniendo las fuentes de lágrimas humanas secas por el hambre y el embrutecimiento. A pesar de todo nos llevamos las manos a los ojos y nos secamos las lágrimas que brotaron al leer la última carta de nuestro padre director.

Ardiste, padre, hasta el final. Y antes de apagarte te encendiste en una última, excelente y clara llamarada. Siempre sucede así en la historia de la Iglesia: la sangre mártir de nuestros hermanos de Dachau, Auschwitz, de los demás campos de concentración y del resto de las prisiones es una semilla, semilla de nuevos capuchinos.

RESPONSORIO                                                                                            Lc 6,27; Mt 5, 44-45.48
R.
Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, y rezad por los que os persiguen, * Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial.

V. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. * Para que seáis hijos.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Oración

Dios misericordioso, tú has enriquecido al beato Aniceto y compañeros con el espíritu de sacrificio y la gracia de la perseverancia en la vocación hasta la muerte, concédenos, por su intercesión, amar a nuestros enemigos y ser fuertes y perseverantes en la fe. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y, porque le amaron hasta derramar su sangre, reinan con el Señor eternamente.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.


SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

Anuncios

Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s