Liturgia de las horas: 24 de julio, beato Antonio Lucci, obispo, I Orden

beato Antonio Lucci obispo

24 de julio
BEATO ANTONIO LUCCI,
OBISPO, I ORDEN
Memoria libre para OFMConv

Nació en Agnone (Isernia), Italia, el 2 de agosto de 1682. Ingresó en los Hermanos Menores Conventuales y se distinguió por el estudio y enseñanza de la teología, que inspiró siempre la búsqueda generosa de su perfección, el ejercicio diligente de su ministerio y la colaboración humilde con la Sede Apostólica.
Nombrado obispo de Bovino, en La Pulla, se mostró a lo largo de veinticuatro años un auténtico padre y pastor de los fieles de la diócesis, prodigándose solícitamente para confirmar a su pueblo en la fe y la vida cristiana y para socorrer a los numerosos pobres del mismo, a quienes amaba con evangélica opción preferencial. Murió en Bovino, el 25 de julio de 1752. Fue proclamado beato por el papa Juan Pablo II en 1989.
Del Común de pastores.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De las Cartas del beato Antonio Lucci, obispo
(G. Fratini, Nuove scintille del’astro di Agnone nel Sannio, Bovino 1895, pp. 5-7)

Fijemos siempre la mirada en Dios, poniendo en él toda nuestra confianza

Si los defectos que vemos en los demás no se encuentran en nosotros, es siempre gracias a la misericordia de Dios: es un signo evidente de que nos protege y extiende su mano poderosa sobre nosotros, y todo esto sin mérito alguno por parte nuestra, ya que, si él nos retirase su protección, podríamos llegar a ser peores que los demás, al ser también nosotros unos pobres mortales. Por eso, hemos de mantenemos siempre en el temor de Dios y rogar al Señor por quienes caminan fuera del recto sendero, para que los ilumine y se conviertan.

El camino seguro para todos nosotros consiste en cumplir siempre la voluntad de Dios, confiando en su ayuda para no caer, y mantenemos así en su gracia.

Nos quejamos a menudo, y es porque no queremos realizar fervientemente nuestra parte, mientras que Dios nuestro Señor, del cual hemos recibido todo nuestro ser, continúa haciendo su parte en nuestro favor, sin mérito nuestro alguno. ¿Qué más podría hacer Jesús por nosotros? Nos ha dado la Palabra de vida. Nos ha manifestado sus justos juicios. Nos ha mostrado sus santísimos caminos. Nos ha introducido en el misterio de su muy dolorosa pasión. Nos ha enseñado a despreciar las cosas caducas de la tierra. Nos ha revelado las maravillas de sus obras. ¿Y por qué permanecemos insensibles ante tantas muestras de amor? ¿Por qué no dedicamos todas nuestras fuerzas a servir, amar y glorificar en nosotros mismos y en los demás al Señor de infinita bondad? ¿De qué nos quejamos, entonces?

Quien ha recibido mucho, debe hacer también mucho por Jesús; en cambio, quien pretende realizar escasa labor y la hace con negligencia, merece que se le quite lo que se le ha dado. ¿Acaso no nos inquieta el severo reproche del amo al siervo holgazán?

Viviendo en la fe, busquemos siempre lo mejor, con la gracia de Dios, renunciando a nosotros mismos y pisoteando las míseras cosas de la tierra. Fijemos siempre nuestra mirada en Dios, pongamos toda nuestra felicidad en él, el Sumo Bien, y no vayamos tras los efímeros fantasmas del mundo.

Escuchemos al apóstol Pablo, que nos dice: Hermanos, ambicionad los carismas mejores. Acojamos la invitación del Espíritu Santo, que de continuo nos inculca aquel sugestivo «exactamente» cuando nos recuerda que observemos sus mandamientos fielmente: Tú promulgas tus decretos para que se observen exactamente. «Exactamente», por siempre, por amor del altísimo Señor; por siempre, con veneración interior y exterior; por siempre, con desapego de las vanidades terrenas; por siempre, en el temor de los santos juicios de Dios; por siempre, mortificándonos a nosotros mismos; por siempre, manteniéndonos cautos y vigilantes ante las astucias de Satanás.

Solos no podemos hacer nada, pero nos consuela la palabra del apóstol: Todo lo puedo en aquel que me conforta. Confía en el Señor y haz el bien, y él te dará lo que pide tu corazón.

RESPONSORIO                                                                                                                Mt 25, 21.20
R. Bien, siervo bueno y fiel: como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante. * Entra en el gozo de tu Señor.
V. Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco. * Entra en el gozo.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Sacerdote del Altísimo, modelo de virtudes, pastor bueno del pueblo, tú agradaste al Señor.

Oración

Oh Dios, que infundiste en el beato Antonio Lucci, obispo, el espíritu de sabiduría y de caridad para que confirmase a tu pueblo en la fe y lo socorriese con amor en las necesidades, concédenos, por su intercesión, perseverar en la fe y en la caridad, para que merezcamos así participar de la gloria del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Me he hecho todo para todos para ganar a algunos.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!» (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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