28 de julio, beata María Teresa Kowalska, virgen, mártir, II Orden

beata Maria Teresa Kowalska

28 de julio
BEATA MARÍA TERESA KOWALSKA
VIRGEN, MÁRTIR, II ORDEN
Memoria libre para OFMCap y Clarisas Capuchinas

Teresa del Niño Jesús es una de los innumerables mártires que entregaron su vida por amor durante la persecución religiosa de la Segunda Guerra Mundial.
Nació en 1902, en Varsovia; tomó el hábito de las Clarisas Capuchinas en el convento de Przasnysz, en 1923, y emitió los votos perpetuos en 1927. Fueron distintivos suyos el espíritu de oración, la laboriosidad y la amabilidad con todos.
El 2 de abril de 1941, los nazis asaltaron el monasterio, arrestaron a todas las religiosas y las trasladaron al campo de concentración de Dzialdowo. Murió, por las penalidades de la cárcel, el 25 de julio de 1941. Ofreció sus sufrimientos a Dios por la liberación de sus hermanas religiosas que, de hecho, recuperaron su libertad dos semanas después de su muerte. Fue beatificada por Juan Pablo II, el 13 de junio de 1999 en su segundo viaje apostólico a Polonia, junto a cinco Hermanos Menores, siete Conventuales y cinco Capuchinos, en un grupo de 108 «mártires del holocausto» de la Segunda Guerra Mundial.
Del Común de un mártir o de vírgenes.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Homilía del beato Juan Pablo II, papa, en la beatificación de ciento ocho mártires de la Segunda Guerra Mundial
(13 de junio de 1999: AAS, vol 91, 1999, pp. 1051-1056)

El testimonio de la victoria de Cristo

Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. La liturgia de hoy da a nuestra acción de gracias un matiz particular. En efecto, permite ver todo lo que ocurre en la historia de esta generación desde la perspectiva de la misericordia eterna e Dios, que se ha revelado más plenamente en la obra salvadora de Cristo.

Jesús fue entregado por nuestros pecados y resu­citó para nuestra justificación. El misterio pascual de la muerte y resurrección del Hijo de Dios ha abierto un surco nuevo a la historia humana.

Si miramos en ella los signos dolorosos producidos por la acción del mal, llegamos a la certeza de que éste no puede dominar los destinos del mundo y del hombre, no puede triunfar. Esta certidumbre brota de la fe en la misericordia del Padre que tanto amó al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna

Por eso, cuando san Pablo propone la fe de Abrahám que, apoyado en la promesa de Dios, no vacila entre dudas, sino que se reafirma en la fe, podemos vislumbrar la fuente de esta fuerza, gracias a la cual ni las más duras pruebas están en grado de separarnos del amor de Dios.

«Señor Jesucristo… dígnate defenderme con el sig­no de tu cruz santísima; y dígnate concederme… que, así como llevo en mi pecho esta cruz con las reliquias de tus santos, así conserve siempre en la mente el recuerdo de la pasión y las victorias de tus santos mártires»: ésta es la oración que, al ponerse la cruz pectoral, recita el obispo.

Hoy hago de esta invocación la plegaria de toda la Iglesia en Polonia que, llevando la pasión de Cristo des­de hace mil años, se ha regenerado siempre en la semilla de la sangre de los mártires, y vive del recuerdo de la victoria lograda por ellos en esta tierra.

Precisamente hoy estamos celebrando el triunfo de quienes, en nuestros días, dieron por Cristo su vida tem­poral para poseerla por los siglos en su gloria. Una victo­ria singular, porque fue compartida por representantes del clero y de los laicos, por jóvenes y ancianos, por per­sonas de distintos estamentos y estados.

Entre ellos se encuentra el arzobispo Antonio Julián Nowowiejski, pastor de la diócesis de Plock, torturado hasta la muerte en Dzialdowo; el obispo Wladyslaw Goralde, pastor de Lublin, torturado con odio especial sólo por ser obispo católico.

Hay también sacerdotes diocesanos y religiosos, que murieron porque no quisieron abandonar su ministerio. Entre ellos están también aquellos que murieron sirvien­do a los compañeros prisioneros, enfennos de tifus, y los que fueron torturados hasta la muerte por defender a los hebreos.

En el grupo de los beatificados hallamos hermanos religiosos y religiosas, que perseveraron en el servicio de la caridad y ofrecieron sus tormentos por el prójimo. Entre estos beatos mártires están también algunos lai­cos. Están cinco jóvenes, formados en el oratorio salesiano; un celoso catequista laico torturado hasta la muerte por su servicio; una heroica mujer que dio libre­mente su vida a cambio de la de su nuera que estaba a la espera de dar a luz un hijo.

Todos estos beatos mártires son, hoy, inscritos en la historia de la santidad de pueblo de Dios que peregrina en la tierra polaca desde hace más de mil años. Si hoy nos alegramos por la beatificación de ciento ocho márti­res, clérigos y laicos, lo hacemos, antes que nada, por­que son el testimonio de la victoria de Cristo, don que nos restituye la esperanza.

Mientras cumplimos este solemne acto se reaviva en nosotros la certeza de que, independientemente de las circunstancias, también nosotros podemos conseguir una victoria plena en cada caso, gracias a Aquel que nos ha amado. Los mártires beatificados nos gritan al cora­zón: ¡Creed que Dios es amor! ¡Creedlo en el bien y en el mal! ¡Acrecentad en vosotros el fruto de la fidelidad a Dios en toda prueba!

¡Alégrate, Polonia, por los nuevos beatos! He aquí la riqueza de su gracia; he aquí, el fundamento de nuestra indestructible confianza en la presencia salvífica de Dios sobre los caminos de los hombres del tercer milenio. 

A él sea la gloria por los siglos de los siglos.

 

RESPONSORIO
R. Contemplarnos tu belleza, virgen de Cristo. * Has recibido del Señor una corona espléndida.
V. No se te quitará el honor de la virginidad: no serás ya separada del amor del Hijo de Dios. * Has recibido del Señor.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Dichosa la virgen que, negándose a sí misma y cargando con su cruz, imitó al Señor, esposo de las vírgenes y rey de los mártires.

Oración

Padre nuestro del cielo, que nos alegras hoy con la fiesta de la beata María Teresa del Niño Jesús, que en­tregó su vida en holocausto de amor, concédenos la ayu­da de sus méritos a los que hemos sido iluminados con el ejemplo de su fortaleza. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Mirad la virgen que sigue ya al Cordero que fue crucificado por nosotros; también ella, corno el Señor, ha sido víctima pura, una hostia inmaculada.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!» (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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