18 de agosto, beatos Juan Luis Loir, Protasio y Sebastián, presbíteros y mártires, I Orden

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18 de agosto
BEATOS JUAN LUIS LOIR, PROTASIO Y SEBASTIÁN,
PRESBÍTEROS Y MÁRTIRES, I ORDEN
Memoria libre para OFMCap

Durante la revolución francesa, 829 sacerdotes y religiosos fueron desterrados a las barcas de peaje de Rochefort por haber rechazado jurar la Constitución del clero. Fueron sometidos a durísimas condiciones de vida y a las peores humillaciones y barbaridades. Entre estos héroes de la fe y de la fidelidad al papa y a la Iglesia de Roma, están los Hermanos Menores Capuchinos Juan Luis Loir, Protasio y Sebastián.
Juan Luis Loir, nacido en 1720, ingresó en los Hermanos Menores Capuchinos en Lyon y, tras ordenarse de presbítero, fue célebre en el ministerio de la confesión y en la dirección espiritual. Religioso de gran nobleza de ánimo, afable, humilde, paciente, irradiaba por doquier la alegría franciscana. Agotado por el cruel cautiverio, murió el 19 de mayo de 1794. Fue el primero de los 22 Capuchinos martirizados en Rochefort.
Protasio de Seés nació en 1747, y vistió el hábito de los Hermanos Menores Capuchinos en Bayeux, en 1767. Ordenado presbítero, desempeñó su ministerio con gran dedicación y entrega. Religioso de notable talla física, moral y espiritual, admirable por la firmeza en la fe, la prudencia y en la fidelidad a todas las exigencias de su vocación franciscana. Murió el 23 de agosto de 1794.
Sebastián de Nancy nació en 1749. Vistió el hábito de los Hermanos Menores Capuchinos en Saint-Michel en 1768. Fue confesor, predicador y coadjutor. Religioso de vida ejemplar y sobre todo de eminente piedad, murió el 10 de agosto de 1794.
A este grupo de mártires pertenecen los dos Hermanos Menores Conventuales Luis Armando Adam y Nicolás Savouret. Todos formaban parte de los 64 sacerdotes franceses, beatificados por el papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

 Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
Del Testimonio de Claudio Masson, sacerdote desterrado a las barcas de peaje de Rochefort
(Manual de educación cristiana, ID, Nancy 1815, pp. 330. 332-333.336-337)

Semejantes a Cristo en su Pasión

Nuestros carceleros nos consideraban como desechos de la naturaleza, que habíamos perdido todo derecho ante la humanidad, y que podíamos ser pisoteados como insectos despreciables, sin ir por ello contra la justicia.

Dios permitía esto para aumentar el premio de nuestros sufrimientos, haciéndonos el don de una más perfecta semejanza con su divino Hijo en su pasión… Nada nos consolaba en nuestros sufrimientos, nada nos daba fuerzas en nuestras pruebas como el pensamiento de Jesús que reina en el cielo y que desde su trono seguía nuestros combates; él que, antes que nosotros y por nosotros, había sido atado, flagelado, abofeteado, escupido, coronado de espinas, a quien en su sed le dieron hiel y vinagre, fue clavado en la cruz, y a cuyos pies sus enemigos lo insultaban y maldecían.

Esta visión espiritual de nuestro Redentor hacía llegar hasta nuestros corazones una dulzura inefable: entonces sólo veíamos en lo que nos sucedía motivo de una gran alegría. Nos sentíamos felices por haber sido elegidos, con preferencia a tantos otros, para poder imitar a nuestro divino Maestro. Reflexionábamos que Jesús había querido que a lo largo de los siglos cada dogma de la fe fuese de alguna manera mantenido y consolidado en la Iglesia por medio de la sangre de numerosos mártires, un número más o menos grande según la importancia de la verdad de fe que venía combatida; y pensábamos entonces que era verdaderamente honroso para nosotros ser perseguidos e inmolados para reforzar la enseñanza de la autoridad espiritual, e independiente del poder del mundo, confiada por voluntad divina a la Sede apostólica y en general a todo el episcopado. 

Hacía poco tiempo que el Señor había manifestado la santidad de uno de sus siervos: el padre Sebastián, capuchino del convento de Nancy, que había llegado para morir luego en una barca.

Se le vio una mañana arrodillado con los brazos en cruz, mirando al cielo, con la boca abierta. Al principio le prestamos poca atención porque estábamos acostumbrados a verlo orar así, incluso durante su enfermedad. Pasó una media hora y estábamos admirados de verlo tanto tiempo así en una posición tan incómoda y difícil de mantener en aquel momento, porque el mar estaba muy agitado y la barca ondeaba fuertemente. Se pensó primero que estaría en éxtasis y nos acercamos para verlo más de cerca; pero, después de haber tocado su cara con las manos, nos dimos cuenta de que había entregado su alma a Dios en aquella postura.

Llamamos entonces a los marineros de la nave que, ante aquel espectáculo, no pudieron contener los gritos de admiración y las lágrimas. La fe se despertó entonces en sus corazones; y muchos de ellos, descubriéndose los brazos, enseñaron a todos la figura de la cruz, grabada en su carne con una piedra incandescente; y tomaron la firme decisión de volver a la religión que habían abandonado.

RESPONSORIO
Mt 5, 44-45.48; Lc 6, 27

R. Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, y rezad por los que os persiguen. * Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo.
V. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. * Así seréis hijos de vuestro Padre.

La oración como en Laudes.

 Laudes

Benedictus, ant. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Oración

Oh Dios, que concediste a los beatos mártires Juan Luis, Protasio, Sebastián y compañeros, la gracia de la fidelidad y del perdón en la prueba del destierro, concédenos por su intercesión, permanecer siempre fieles a la Iglesia y dispuestos a reconciliarnos con nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y, porque le amaron hasta derramar su sangre, reinan con el Señor eternamente.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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