Liturgia de las horas: 18 de agosto, beatos Luis Armando Adam y Nicolás Savouret, presbíteros y mártires, I Orden

Luis Armando José Adam y Nicolas Savouret.jpg

18 de agosto
BEATOS LUIS ARMANDO ADAM Y NICOLÁS SAVOURET,
PRESBÍTEROS Y MÁRTIRES, I ORDEN
Memoria libre para OFMConv

Durante la Revolución francesa, 829 sacerdotes diocesanos y religiosos que habían rehusado pronunciar el juramento de la constitución civil del clero y apartarse del papa y de la Iglesia de Roma, fueron encerrados en Rochefort en dos buques de carga, que jamás zarparían hacia destino alguno y se convirtieron en auténticas y sórdidas prisiones. Las penalidades soportadas por todos ellos fueron tantas que, después de nueve meses, los muertos sumaban 547.
Los testimonios recogidos sobre los prisioneros han llevado a la Iglesia a declarar beatos, con el título de mártires, a 64 de los sacerdotes fallecidos en Rochefort, entre los que se encuentran los dos Hermanos Menores Conventuales, Luis Armando Adam y Nicolás Savouret, muertos el 13 y el 16 de julio de 1794 respectivamente.
A este grupo de mártires pertenecen también los Hermanos Menores Capuchinos, Juan Luis Loir, Protasio y Sebastián.
Todos ellos fueron beatificados por el papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

 Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Homilía del beato Juan Pablo II, papa, en la beatificación de los beatos Luis Adam y Nicolás Savouret
(1 de octubre de 1995: Osservatore Romano, CXXXV, 2 ottobre 1995)

En los mártires se manifiesta
la riqueza del misterio pascual de Cristo

Alaba, alma mía, al Señor. La Iglesia hace suya la invitación del salmo en este día de la beatificación de los mártires que testimoniaron con su sangre su fidelidad a Cristo durante la Revolución francesa.

El martirio es un don especial del Espíritu Santo, un don para toda la Iglesia. Y el mismo halla su coronación en esta liturgia de beatificación, en la que glorificamos a Dios de un modo singular: «A ti te ensalza el blanco ejército de los mártires». Dios, mediante un acto solemne de la Iglesia -la beatificación- , corona sus méritos, y manifiesta al mismo tiempo el don que les ha otorgado, como proclama la liturgia: «Coronando sus méritos, coronas tu
propia obra».

Esta mañana, queridos hermanos y hermanas, nuestro recuerdo es para los sesenta y cuatro sacerdotes franceses muertos, junto con otros centenares más, en los buques prisión de Rochefort. Como exhortaba san Pablo a Timoteo, ellos combatieron el noble combate de la fe. Recorrieron un largo calvario por haber permanecido fieles a su fe y a la Iglesia. Murieron porque proclamaron hasta el final su estrecha comunión con el papa Pío VI.

En su profunda soledad moral, supieron mantener vivo el espíritu de oración. En medio de los tormentos del hambre y la sed, no profirieron una sola palabra de odio contra sus torturadores. Lentamente, se dejaron conformar al sacrificio de Cristo que celebraban en virtud de su ordenación. Y ahora se presentan ante nuestros ojos como un signo vivo del poder de Cristo, que actúa en la debilidad humana.

Con gozo, podemos aplicarles las palabras de la Escritura: La vida de los justos está en manos de Dios. Los insensatos pensaban que habían muerto, y consideraban su tránsito cómo una desgracia, pero ellos están en paz.

La profesión de fe, proclamada por los nuevos beatos con la entrega de su vida, como afirma el apóstol, crea vínculos especiales entre cada uno de los testigos y Cristo, que fue el primer testigo ante Poncio Pilato.

El mismo Cristo, el único Señor del universo, el Rey de los reyes y Señor de los señores, es la gloria de los mártires. El es, en efecto, el único que posee la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible… A él honor y poder eterno.

A él, que por vosotros se hizo pobre, para enriqueceros con su pobreza, gloria y honor en los nuevos beatos mártires, que desde hoy constituyen una nueva riqueza de gracia y santidad para toda la Iglesia.

RESPONSORIO                                                                                                      Cf. Ap 7, 14; 12, 11
R. Éstos son los que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero. * Y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
V. Son los que vienen de la gran tribulación. * Y no amaron.

La oración como en Laudes.

 Laudes

 

Benedictus, ant. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Oración

Padre de misericordia, que has manifestado el poder de la resurrección de tu Hijo en el martirio de los beatos Luis, Nicolás y compañeros, concédenos, por su intercesión, ser fieles a la vocación cristiana y saber perdonar a nuestros enemigos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y, porque le amaron hasta derramar su sangre, reinan con el Señor eternamente.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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