2 de septiembre, beato Juan Francisco Burté, presbítero, y compañeros, mártires, I Orden

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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

2 de septiembre
BEATO JUAN FRANCISCO BURTÉ, PRESBÍTERO,
Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES, 
I ORDEN
Memoria libre para OFMConv

Un pequeño grupo de hermanos franciscanos murieron mártires durante la Revolución francesa, en el año 1792, al negarse a firmar la constitución civil del clero. Arrestados en la iglesia del Carmen de París, fueron torturados y despedazados salvajemente en la mañana del domingo 2 de septiembre de dicho año. Entre ellos estaba Juan Francisco Burté, Hermano Menor Conventual, presbítero.
Juan Francisco nació en 1740 en la región francesa de Lorena. Muy joven ingresó en los Hermanos Menores Conventuales, en Nancy. Ordenado sacerdote, y con un buen bagaje de formación, fue profesor de teología, religioso docto, buen predicador, piadoso, elocuente y modesto. La Revolución francesa que le llevó al martirio puso fin a su rico ministerio pastoral.
Con él fueron también martirizados Apolinar Morel de Posat, franciscano Capuchino, y Severino Girault, de la Tercera Orden Regular Franciscana, junto con otros 180 compañeros de cautiverio. El papa Pío XI los elevó a la gloria de los altares el año 1926.
Del Común varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De las Actas del martirio del beato Juan Francisco Burté y compañeros
(Archivo General de los Hermanos Menores Conventuales)

Conservaron la fidelidad a Cristo y a la Iglesia

La revolución, que estalló en Francia a finales del siglo XVIII, destruyó todas las instituciones sagradas y profanas y se ensañó cruelmente con la Iglesia y sus ministros. Hombres perversos, adueñándose del poder y escondiendo bajo el pretexto de la «filosofía» el odio que nutrían contra la Iglesia, intentaron borrar de la nación el nombre cristiano.

Su furor contra los ministros de la Iglesia, prelados y sacerdotes, que condenaban aquellas leyes inicuas y defendían denodadamente la fe católica, se encarnizó hasta tal punto, que parecían haber vuelto los tiempos de las antiguas persecuciones. Así la Iglesia, esposa inmaculada de Cristo, volvió a resplandecer con nuevas coronas de mártires.

La horrenda carnicería, que bañó de sangre a la ciudad de París los primeros días de septiembre de 1792, puede ser definida como un verdadero y solemne martirio de invictos héroes de Cristo, degollados por odio a la fe.

En esta cruel matanza cayeron, junto a tres obispos, muchos sacerdotes, tanto religiosos como seculares, y muchos otros fieles que ocupaban puestos civiles importantes.

Entre estos intrépidos confesores de la fe se distinguieron los beatos Juan Francisco Burté, de los Menores Conventuales, Apolinar Morel de Posat, de los Menores Capuchinos, y Severino Girault, de la Tercera Orden Regular. Los tres resplandecieron, en primer lugar, por su celo sacerdotal y por su caridad con los prófugos y perseguidos, y posteriormente por la fortaleza heroica con la que sufrieron el martirio, dejando un testimonio admirable de su fe.

A ellos hay que añadir los 19 mártires de Laval, muertos en 1794 por su fidelidad a la Iglesia y al Romano pontífice. En este segundo grupo es preciso recordar al beato Juan Bautista Triquerie, también de la Orden de los Menores Conventuales, quien ya se había distinguido por su celo sacerdotal y por la observancia fiel de la Regla.

Cuando fue tentado, con adulaciones y amenazas, para que renegara de la fe católica, declarándose abiertamente hijo de san Francisco, gritó: «Mantendré la fe en Cristo hasta la muerte».

Estos gloriosos atletas de Cristo fueron inscritos en el elenco de los beatos mártires por Pío XI en 1926.

RESPONSORIO
R. Mientras combatimos por la fe, Dios nos mira, y Cristo y sus ángeles nos asisten: * Es un gran honor y un gran gozo para nosotros luchar bajo la mirada de Dios y recibir el premio de Cristo.
V. Preparémonos para la lucha con espíritu puro, con fe y valentía, con entrega total: * Es un gran honor.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Estos santos combatieron hasta la muerte por ser fieles al Señor, sin temer las amenazas de los enemigos; estaban cimentados sobre roca firme.

Oración

Padre nuestro, que concediste a los mártires Juan Francisco Burté y compañeros pelear el combate de la fe hasta derramar su sangre, te rogamos que su intercesión nos ayude a soportar por tu amor las adversidades y a caminar con valentía hacia ti, fuente de toda vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y, porque le amaron hasta derramar su sangre, reinan con el Señor eternamente.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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