22 de septiembre, san Ignacio de Santhià, presbítero, I Orden

LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

IGNAZIO DA SANTHIA

22 de septiembre
SAN IGNACIO DE SANTHIÁ,
PRESBITERO, I ORDEN
Memoria obligatoria para OFMCap

Ignacio Belvisotti nació el 1686 en Santhià (Vercelli), en el norte de Italia, y recibió en el bautismo el nombre de Lorenzo Mauricio. Ordenado presbítero diocesano, renunció a la parroquia y a la canonjía para entrar, en 1716, en los Hermanos Menores Capuchinos. Obediente a los superiores, ejerció distintos cargos con santidad de vida y profundidad de doctrina, entre ellos el de maestro de novicios y de capellán militar. Vivió muchos años en el convento del Monte de los Capuchinos, en Turín, dedicado a la dirección espiritual y a la asistencia a los enfermos. Allí murió el 22 de septiembre de 1770. Célebre por las virtudes practicadas heroicamente y por los prodigios realizados, Pablo VI lo beatificó el 17 de abril de 1966 y Juan Pablo II lo canonizó el 19 de mayo de 2002.
Del Común de santos varones: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De las Cartas de san Ignacio de Santhià, presbítero
(Archivo provincial de los Capuchinos del Piemonte)

Con su providencia el Señor dispone que las contrariedades de este mundo sirvan de freno al pecado y de escala para subir al Paraíso, porque alejan el corazón del hombre del apego a las realidades terrenas, que es un considerable obstáculo para nuestra salvación. De esto hay que estar convencidos, sabiendo que la cruz es el camino regio para el Paraíso, por el que ha pasado nuestro Señor Jesucristo y hemos de recorrer tanto más nosotros sus criaturas, si queremos alcanzar el Paraíso para el que hemos sido creados.

¿Estás muy afligido y angustiado? Entonces te encuentras en el camino verdadero y seguro que conduce al cielo. Te debo, sin embargo, advertir que no basta con cargar la cruz para salvarse; es indispensable soportarla como Cristo y con Cristo. Con Cristo, esto es, con su
santa gracia, sin la cual toda acción y sufrimiento nuestros carecen de mérito; y como Cristo, es decir, con sentimientos de humildad, paciencia, resignación, con los cuales él ha llevado la suya. Solo aquéllos que, con él y como él, llevan su cruz y participan en su pasión son dignos de participar de su gloria. Por tanto, trata de llevar tu cruz con la ayuda de Cristo, alejando de ti lo que pueda privarte de los méritos de la misma y, como Cristo, sometiéndote con humildad y resignación a la voluntad divina, para que, cargándola sobre ti como cristiano y seguidor de Jesucristo te sirva de escala rápida y segura para alcanzar aquella gloria que Dios tiene preparada para aquellos que así llevan su cruz. Reflexionando así, tu espíritu tendrá la fuerza, el valor y la fortaleza del buen soldado de Cristo.

Te lo repito: el Señor, que nos ha salvado mediante la cruz, dispone que también nosotros nos salvemos por ella, y por eso va distribuyendo cruces por las casas y a todo tipo de personas, según considera que es lo mejor para su gloria y nuestro bien. Dichosos los que sepan llevarlas con paciencia y resignación cristianas, porque se servirán de ellas como de otras tantas gradas para alcanzar mayor gloria en el Paraíso. A ti, Dios nuestro Señor te ha concedido una parte.

Yo pediré incesantemente te acreciente la paciencia y la resignación, para que puedas alcanzar aquella gloria sublime que te tiene preparada allá arriba, donde le darás gracias por haberte favorecido con una parte de su cruz.

Si el sumo pontífice te mandase de Roma una reliquia de la Santa Cruz, la recibirías con gran reverencia y devoción, y le darías las gracias por haberte hecho tan grande honor y favor. Pues bien, Jesucristo, Sumo Pontífice, te ha mandado del cielo parte de su cruz: son las enfermedades que te afligen. Llévala por amor suyo, sopórtala con resignación, dale gracias por tal favor que él reserva para las almas predilectas.

RESPONSORIO                                                                                       Rom 8, 17-18; 1Pe 5, 10-11
R. Considero que los trabajos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. * Si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.
V. El Dios de todo gracia que os ha llamado a su gloria eterna en Cristo Jesús, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. * Si sufrimos con él.

La oración como en Laudes.

Laudes

HIMNO

Ansioso de vivir en obediencia,
quisiste ser un pobre capuchino,
celoso sacerdote que seguiste
la voz del corazón en pos de Cristo.

Ignacio de Santhià, apasionado
con férvida pasión del Crucifijo:
Jesús, amor donado humildemente,
marcó la luz polar de tu camino.

Hermano sabio, siempre disponible,
tu gozo más profundo fue el servicio,
y fue el confesionario dulce encuentro
del infinito amor, por ti servido.

¡Al Padre, amor de todo amor pensado
y al Hijo y al Espíritu divino,
ascienda, por la Iglesia, la alabanza
y baje hasta nosotros su rocío! Amén.

Benedictus, ant. Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mi la fuerza de Cristo.

Oración

Dios clemente y misericordioso, que has restaurado la naturaleza humana con la fuerza de tu divinidad, concédenos propicio que las oraciones y ejemplos de san Ignacio de Santhià nos dispongan a cumplir tu voluntad, ya que en ello está el principio de nuestra salvación. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. Todo lo considero pérdida con tal de ganar a Cristo Jesús, mi Señor.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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