28 de septiembre, beatas Rosario de Soano y compañeras, vírgenes y mártires, III Orden

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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

28 de septiembre
BEATAS ROSARIO DE SOANO Y COMPAÑERAS,
VÍRGENES Y MÁRTIRES, III ORDEN

Memoria obligatoria para las TC de la Sagrada Familia

La beata Rosario de Soano encabeza el grupo de tres Hermanas Terciarias Capuchinas, maliirizadas en la persecución religiosa de 1936, en España. Rosario, había nacido en Soano (Cantabria), el año 1866. En el Instituto de Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia se dedicó al cuidado de los más pobres y necesitados, especialmente los enfermos y las niñas huérfanas. Vivía con Serafina de Ochovi y Francisca Javier de Rafelbuñol, también religiosas, en el ejercicio humilde de su servicio de caridad, cuando les sorprendió la persecución religiosa. Rosario y Serafina sufrieron el martirio en Puzol (Valencia), el día 23 de agosto de 1936; y Francisca Javier en Gilet (Valencia), el día 28 de septiembre del mismo año.
Fueron beatificadas por Juan Pablo II el 11 de marzo del año 2001, formando parte del numeroso grupo 233 mártires de la Comunidad Valenciana.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Exhortación apostólica Vita Consecrata, del beato Juan Pablo II, papa
(Núms. 85-86)

La coherencia entre el anuncio y la vida

En nuestro mundo, en el que parece haberse perdido el rastro de Dios, es urgente un audaz testimonio profético por parte de las personas consagradas. Un testimonio, ante todo, de la afirmación de la primacía de Dios y de los bienes futuros, como se desprende del seguimiento y de la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente entregado a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas. La misma vida fraterna es un signo profético, en una sociedad en la que se esconde, a veces sin darse cuenta, un profundo anhelo de fraternidad sin fronteras. La fidelidad al propio carisma lleva a las personas consagradas a dar por doquier un testimonio cualificado, con la lealtad del profeta que no teme arriesgar incluso la propia vida. Una especial fuerza persuasiva de la profecía deriva de la coherencia entre el anuncio y la vida.

Las personas consagradas serán fieles a su misión en la Iglesia y en el mundo en la medida que sean capaces de hacer un examen continuo de sí mismas a la luz de la Palabra de Dios. De este modo podrán enriquecer a los demás fieles con los bienes carismáticos recibidos, dejándose interpelar a su vez por las voces proféticas provenientes de los demás miembros de la Iglesia. En este intercambio de dones, garantizado por la plena sintonía con el magisterio y la disciplina de la Iglesia, brillará la acción del Espíritu Santo que «la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos».

En este siglo, como en otras épocas de la historia, hombres y mujeres consagrados han dado testimonio de Cristo, el Señor, con la entrega de la propia vida. Son miles los que, obligados a vivir en clandestinidad por regímenes totalitarios o grupos violentos, obstaculizados en sus actividades misioneras, en la ayuda a los pobres, en la asistencia a los enfermos y marginados, han vivido y viven su consagración con largos y heroicos padecimientos, llegando frecuentemente a dar su sangre, en perfecta conformación con Cristo crucificado. La Iglesia ha reconocido ya oficialmente la santidad de algunos de ellos y los honra como mártires de Cristo, que nos iluminan con su ejemplo, interceden por nuestra fidelidad y nos esperan en la gloria.

RESPONSORIO                                                                                            2Tim 4, 7-8; Flp 3, 8.10
R. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. * Me está reservada la corona de la justicia.
V. Todo lo considero pérdida con tal de ganar a Cristo y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte. Me está reservada.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Dichosas las vírgenes que, negándose a sí mismas y cargando con la cruz, imitaron al Señor, esposo de las vírgenes y rey de los mártires.

Oración

Oh Dios, dador de todo bien, que concediste a las beatas Rosario y compañeras mártires imitar fielmente, en el espíritu y en las obras, los ejemplos de la Sagrada Familia de Nazaret, concédenos que, avanzando con libertad de corazón por la senda de tus mandatos, alcancemos los gozos eternos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat, ant. En una sola víctima celebramos un doble triunfo: la gloria de la virginidad y la victoria sobre la muerte; permanecieron vírgenes y obtuvieron la palma del martirio.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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