28 de septiembre, beato Inocencio de Berzo, presbítero, I Orden

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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

28 de septiembre
BEATO INOCENCIO DE BERZO,
PRESBÍTERO, I ORDEN

Memoria libre para OFMCap

Inocencio nació en Nardo (Lecce), Italia, en 1844. Finalizados los estudios en el seminario diocesano, se ordenó presbítero y, tras ejercer en su diócesis un corto periodo de apostolado, ingresó en los Hermanos Menores Capuchinos, en 1784. Estuvo destinado en varios conventos, pero fue sobre todo en el santuario de la Santísima Anunciación en Bomo (Brescia) donde encontró su camino de santidad y vivió su ideal: olvidarse y anonadarse en la oración continua, en el cumplimiento de los humildes oficios del ministerio sacerdotal y del servicio fraterno.
Murió en Bérgamo en 1890, y sus restos descansan actualmente en la iglesia parroquial de Berzo Inferior. Fue beatificado por el papa Juan XXIII en 1961.
Del Común de pastores o de santos varones: para los religiosos.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De un Discurso de Juan Bautista Montini, cardenal
(Paolo VI e Brescia, Brescia 1971, pp. 78-85)

Verdadero hijo de san Francisco

Inocencia de Berza es ciertamente un fraile humilde. Fue primero sacerdote y luego se hizo fraile, viviendo siempre en las tierras de Valcanónica. Es un santo que, más que manifestarse abiertamente, se muestra esquivo, retraído, un santo huidizo, un santo que simplifica el trabajo del historiador y del orador.

Resulta difícil hablar de él, porque los elementos característicos de su vida y santidad son las llamadas virtudes «negativas». Falta en él el brillo de las grandes acciones y de los hechos, se distingue por servir a todos sin oponerse a nada.

Esta fisonomía hecha de humildad, pobreza, renuncia, es espléndida en el beato Inocencio de Berzo. Quien desee verdaderamente conocerla, que no mire otras virtudes u otros aspectos, que vaya directamente a su más auténtico y, diré, a su más fiel retrato, que es éste: el del anonadamiento, el de la humildad. Nosotros, hombres modernos, que vivimos en una sociedad que realza otros aspectos bien distintos de la vida, encontramos poca sintonía con él, nos sentimos confusos ante la evidencia de su diferente estatura, como decía san Pablo, escribiendo a los Corintios: «Vosotros célebres, nosotros despreciables; nosotros débiles, vosotros fuertes».

Tendemos siempre no sólo a destacar, sino incluso a engrandecer nuestra propia personalidad, la afirmación de nuestro propio querer, nuestra capacidad de autoafirmación en la vida, el poseer, el ser fuertes. Inocencio pasó por encima de casi todos estos bienes; casi los despreció, aunque sin dramatismos, con un constante y único acto de renuncia, de desprendimiento; jamás los apreció, no los valoró en sí y, cuando parecía que se acercaba a ellos, los rechazó. Quiso vivir en la más absoluta pobreza, en el ocultamiento más real y en la humildad, no predicada sino vivida, que levantó, precisamente, sobre la búsqueda de todo aquello que favorecía la separación real del mundo, y silencio de toda preocupación por la valoración de los demás, que llenan al hombre de abnegación y sacrificio de sí mismo.

Esta es la imagen que nos da de sí, su aspecto asombroso. Lo vemos así y quedamos, si queréis, admirados, pero también un tanto desconcertados. No usamos la misma medida él y nosotros, no hay posibilidad de mutua simpatía, porque, precisamente, caminamos en dos direcciones diferentes: nosotros hacia los valores, por así llamarlos, positivos y terrenos; él, al contrario, en la renuncia a estos valores y hacia otros sólo conocidos por él, que le bastaban y le llenaban, más que ninguna otra cosa, de satisfacción.

Constatemos, hermanos míos, que aquí tenemos un verdadero franciscano, un verdadero hijo de aquel prodigio de santidad que, después de siete siglos, aún continúa admirando al mundo: Francisco de Asís. Precisamente en este arte de volver del revés las cosas humanas y buscar afecto y satisfacción en aquellas que, por el contrario, temen los hombres – la pobreza y la renuncia a los bienes de esta tierra-, encontramos una correspondencia literal, casi fotográfica, entre san Francisco e Inocencio. Y esto no es poco: nos dice al menos que el beato Inocencio forma parte realmente del catálogo de los «auténticos», del catálogo de las personas que han seguido auténticamente el ejemplo del santo fundador de la Familia Franciscana.

RESPONSORIO 
R. ¡Oh beato Inocencio!, has hecho maravillas ante Dios; lo has honrado de corazón: * Intercede por los pecados de los hombres.
V. Irreprensible, verdadero adorador de Dios, enemigo de toda culpa, que perseveras en hacer el bien. * Intercede por los pecados.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. «El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre», dice el Señor.

Oración

Oh Dios, que has dado al beato Inocencio de Berzo la gracia de seguir hasta el final a Cristo pobre y humilde, concédenos vivir fielmente nuestra vocación, para alcanzar la caridad perfecta que nos has propuesto en tu Hijo. Que vive y reina contigo.

 Vísperas

Magníficat, ant. Vosotros, los que lo habéis dejado todo y me habéis seguido, recibiréis cien veces más y heredaréis la vida eterna.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

 

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

 

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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