25 de octubre, beata María Jesús Masiá Ferragut, virgen, y compañeras, mártires, II Orden

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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

25 de octubre
BEATA MARÍA JESÚS MASIÁ FERRAGUT,
VIRGEN, Y COMPAÑERAS, MÁRTIRES,
II ORDEN
Memoria obligatoria para Clarisas Capuchinas

Cinco hermanas Clarisas Capuchinas fueron martirizadas en la persecución religiosa de 1936 en España, al frente de las cuales figura la beata María Jesús Masiá Ferragut.
Las hermanas María Jesús, María Verónica y María Felicidad Masiá Ferragut, las tres hermanas de sangre, martirizadas con su madre María Teresa, eran del monasterio de Agullent; Isabel Calduch Rovira, del monasterio de Castellón; y Milagro Ortells Gimeno, del monasterio de Valencia. Todas ellas en la plenitud de la vida e identificadas con su vocación franciscana, entregaron sus vidas como testimonio de fe, uniendo la corona del martirio a la de la virginidad. Especialmente heroica fue la muerte de las tres hermanas, de otra hermana de sangre, Josefa, Agustina descalza, y la de su madre, una anciana de 84 años, la última en ser ejecutada, que se mantuvo firme viendo morir a sus cuatro hijas. Era el 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey. El 20 de noviembre, en circunstancias parecidas, fue martirizada la hermana Milagro Ortells, y el 13 de abril de 1937, la hermana Isabel Calduch.
Fueron beatificadas por Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001 junto a un numeroso grupo de mártires de la Comunidad Valenciana, 233 en total, 50 de los cuales eran hermanos y hermanas de la Familia Franciscana.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
De la Exhortación apostólica Vita consecrata, de san Juan Pablo II, papa
(n. 24)

La cruz es la sobreabundancia del amor de Dios

La persona consagrada, en las diversas formas de vida suscitadas por el Espíritu a lo largo de la historia, experimenta la verdad de Dios-Amor de un modo tanto más inmediato y profundo cuanto más se coloca bajo la cruz de Cristo. Aquel que en su muerte aparece ante los ojos humanos desfigurado y sin belleza, hasta el punto de mover a los presentes a cubrirse el rostro, precisamente en la cruz manifiesta en plenitud la belleza y el poder del amor de Dios.

San Agustín lo canta así: «Hermoso siendo Dios, Verbo en Dios […] Es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra; hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en los milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitado a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida, hermoso tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico, y la flaqueza de su carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su hermosura.»

La vida consagrada refleja este esplendor del amor, porque confiesa, con su fidelidad al misterio de la cruz, creer y vivir del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De este modo contribuye a mantener viva en la Iglesia la conciencia de que la cruz es la sobreabundancia del amor de Dios que se derrama sobre este mundo, el gran signo de la presencia salvífica de Cristo. Y esto especialmente en las dificultades y pruebas. Es lo que testimonian continuamente y con un valor digno de profunda admiración un gran número de personas consagradas, que con frecuencia viven en situaciones difíciles, incluso de persecución y martirio.

Su fidelidad al único amor se manifiesta y se fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación de los sufrimientos para completar lo que en la propia carne falta a los padecimientos de Cristo, en el sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de Dios, en la serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del propio ascendiente. De la fidelidad a Dios nace también la entrega al prójimo, que las personas consagradas viven no sin sacrificio en la constante intercesión por las necesidades de los hermanos, en el servicio generoso a los pobres y a los enfermos, en el compartir las dificultades de los demás y en la participación solícita en las preocupaciones y pruebas de la Iglesia.

RESPONSORIO
R. Los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. * Pues, si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también por una resurrección como la suya.
V. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte. * Pues, si hemos sido incorporados.

La oración como en Laudes.

Laudes

Benedictus, ant. Dichosas las vírgenes que, negándose a sí mismas, y cargando con la cruz, imitaron al Señor, esposo de las vírgenes y rey de los mártires.

Oración

Dios de bondad, que has concedido a las beatas María Jesús y compañeras la corona de la virginidad y la gloria del martirio, concédenos, por su intercesión, perseverar en la verdadera caridad y conocer el poder de la resurrección de Cristo. Que vive y reina contigo.

Vísperas

Magníficat, ant. En una sola víctima celebramos un doble triunfo: la gloria de la virginidad y la victoria sobre la muerte; permanecieron vírgenes y obtuvieron la palma del martirio.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

 

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Acerca de OFS Avilés

Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar de San Antonio de Avilés (Spain)
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