6 de noviembre, beato Víctor Chumillas, presbítero, y compañeros, mártires, I Orden

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LITURGIA DE LAS HORAS PROPIO DE LA FAMILIA FRANCISCANA

6 de noviembre
MÁRTIRES FRANCISCANOS DE ESPAÑA
EN EL SIGLO XX
Memoria obligatoria para la Familia Franciscana de España

BEATOS VÍCTOR CHUMILLAS, PRESBÍTERO,
Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES, I ORDEN
Memoria obligatoria para la Familia Franciscana (Castilla)

La Familia Franciscana (Castilla) celebra el martirio de 22 de sus hijos, los beatos Víctor Chumillas y compañeros, que, en los primeros momentos de la persecución religiosa en España en 1936, supieron confesar a Cristo y entregaron su vida en holocausto de amor.
Víctor Chumillas nació en Olmeda del Rey (Cuenca) en 1902, de familia humildísima. Profesó en la Orden de los Hermanos Menores en 1918 y fue ordenado sacerdote en 1925. Fue un hermano sencillo, bondadoso, servicial, dispuesto siempre a la obediencia; hombre de oración y un gran apóstol en la predicación, catequesis, atención al confesonario, a los enfermos, y en la publicación de temas religiosos para el pueblo. En 1936 era guardián del convento-teologado de Consuegra (Toledo). Encarcelado con toda su comunidad, padeció el martirio en Fuente el Fresno (Ciudad Real) el 16 de agosto de 1936 junto con 19 hermanos: cinco sacerdotes: Ángel, Domingo, Martín, Julián y Benigno, profesores del teologado, y catorce estudiantes de teología.
Completan el grupo dos sacerdotes, Félix Gómez-Pinto, misionero infatigable en Filipinas durante muchos años, martirizado en Hueva (Guadalajara) el 7 de septiembre de 1936; y Perfecto Carrascosa, de reconocida bondad y piedad, que fue profesor en el seminario de Pastrana (Guadalajara) y secretario de la Provincia, y recibió el martirio el 17 de octubre de 1936, en Tembleque (Toledo).
Benedicto XVI los beatificó en Roma, el 27 de octubre de 2007, dentro del grupo de 498 mártires de la Iglesia de España del siglo XX.
Del Común de varios mártires.
Himnos castellanos en el Apéndice I.

Oficio de lectura

SEGUNDA LECTURA
Del Relato escrito en la prisión por el beato Víctor Chumillas, presbítero y mártir
(Actas del Proceso de beatificación, vol. VI, pp. 167-169)

Nosotros esperamos firmemente la vida eterna

En el nombre del Señor. Amén.

El día 21 de julio del año 1936, a las cinco de la tarde, por mandato de la autoridad local, ejecutado por la fuerza, fueron entregadas las llaves de la iglesia de Santa Ana, OFM, a los agentes de la autoridad, a pesar de la opinión unánimemente contraria del superior y de los dos padres testigos.

Durante tres días completos los religiosos, custodiados por los guardias de la ciudad, de tal manera que ni estaba permitida la entrada a la casa ni la salida de ella, no apartaban su espíritu de la oración ante el Santísimo, reservado en el oratorio de la casa, y allí los sacerdotes celebraban el santo sacrificio cada día, y los demás recibían la sagrada comunión.

El día 24 a las 9 de la mañana, entrando en la casa el alcalde de la ciudad en persona, acompañado de un pelotón de soldados, convocó a todos los religiosos y, registrados cuidadosamente desde el primero hasta el último y conducidos al refectorio, permanecieron allí mientras la autoridad, acompañada por el superior y los discretos, hacía el registro de la casa. Concluido el registro, fue comunicada la orden de salir de la casa aquel mismo día.

Por lo cual, uno tras otro, después de haber consumido el Santísimo Sacramento, marcharon a las casas de algunos bienhechores. Pero las llaves de la casa, una vez que habían salido todos, las retuvo la autoridad.

El 9 de agosto, a las 8 de la tarde, fue encarcelado el P. Guardián, al que se unieron en la calle el P. Maestro y Fr. Ciriaco, laico. Después se les juntaron, sucesivamente, Fr. Félix Maroto, Fr. Antonio Rodrigo, Fr. Orencio Montero, Fr. Valentín Díez, clérigos; el R.P. Julián Navío, Fr. Marcelino Ovejero, clérigo; Fr. Cecilia Alocén, Fr. Gregario Ayuso, laicos; el R. P. Ángel Ranera, vicario, el R. P. Ramón Pérez, Fr. José de Vega, Fr. Andrés Majadas, Fr. Pedro Lumbreras, Fr. Atanasia González, Fr. Demetrio Viezma, Fr. Ramón Tejado y Fr. Vicente Majadas, clérigos.

Al día siguiente, muy de mañana, entraron en prisión el P. Domingo Alonso, definidor, Fr. José Ávila, clérigo; el P. Martín Lozano, Fr. José Álvarez, Fr. Alfonso Sánchez, Fr. Santiago Maté, Fr. Federico Herrera y Fr. Saturnino Río. Todos ellos iban gozosos porque habían sido considerados dignos de padecer aquel ultraje por el nombre de Cristo.

Así pues, habiéndose abrazado con ardor seráfico, emplearon el tiempo en recibir el sacramento de la Penitencia y se pidieron mutuamente perdón besándose los pies; después recibieron del superior la absolución general.

Juntamente con nosotros fueron también encarcelados D. José Moraleda y D. Cristóbal Rodríguez, de las Escuelas Pías, y D. Balbíno Oliva, clérigo diocesano.

Durante todo el día de san Lorenzo algunas mujeres piadosas se preocuparon solícitamente de atender a los religiosos con su servicio constante. El alcalde, que había marchado a Madrid, nada inquirió de nosotros.

Después de la cena, reunidos todos los religiosos de una y otra Orden en una celda un poco más espaciosa de la cárcel, encomendaron sus almas al Señor con la contrición de los pecados, la absolución general, la comunión espiritual y la invocación a la bienaventurada Virgen María y de nuestro padre san Francisco, y con una devotísima confesión de la «culpa» con palabras llenas de humildad, tanto los padres como los clérigos y los laicos pidieron mutuamente perdón; concedido el cual con sumo agrado, todos a una sola voz, siguiendo la fórmula pronunciada por el P. Guardián, hicieron, llenos de devoción, la renovación de los votos y la promesa de observar la Regla y las Constituciones.

Finalmente el superior ya mencionado les dio licencia para retirarse y tomar un breve descanso; y ellos, rebosando gozo espiritual, decían: «Mi corazón está dispuesto, Señor, mi corazón está dispuesto», y «vengan cuando quieran a damos muerte, que nosotros esperamos firmemente la vida eterna de la mano del Dios misericordioso.»

RESPONSORIO                                                                                                                  Cf Sal 132, 1
R. Ésta fue la verdadera fraternidad de los hermanos, que permaneció unida en el combate: derramando su sangre siguieron al Señor. * Despreciando las seducciones del mundo, alcanzaron el reino de los cielos.
V. Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. * Despreciando las seducciones del mundo.

La oración como en Laudes.

Laudes

HIMNO

Santos mártires de Cristo
en los campos de Castilla:
sangre de ventidós cruces,
pan de ventidós espigas;
un ara, un cáliz, un Cristo
en total Eucaristía.

Estaba el campo agostado,
le disteis riego y semilla,
era honda noche en el valle
y ya el sol amanecía,
la eternidad deslumbraba
en vuestra sangre que ardía.

Dios andaba en su trigal
cosechando las primicias:
jóvenes, promesa y sueño
de vuestra primera misa;
Dios adelantó su hora,
os ungió en óleo de víctimas.

Sacerdotes, celo y llama,
voz que el Amor testifica,
sangre de Cristo la vuestra,
siervos fieles en su viña,
sarmientos que el Padre poda,
cepas de frutos henchidas.

En verdad fuisteis la sangre
generosa de Castilla,
en verdad, con vuestra muerte
disteis a la muerte vida,
fuisteis menores y hermanos,
como Francisco quería.

Al Padre, al Hijo, al Espíritu,
Fortaleza, Amor y Vida,
vuestra victoria enaltece,
vuestra muerte glorifica,
y nuestro canto proclama
su poder que resucita. Amén.

Benedictus, ant. Todos iban contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Cristo.

Oración

Señor y Padre nuestro, que fuiste glorificado por la vida humilde y el martirio de tus siervos Víctor, y compañeros, concédenos, por su intercesión, servirte con entrega gozosa, hacernos semejantes a ti mediante la cruz de Cristo tu Hijo, y poner en ella nuestra gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

HIMNO

Vuestra muerte hizo el campo santuario,
víctimas semejantes al Cordero.
No os llevan, libres vais al matadero,
gozosos de subir a su Calvario.

Entregar vuestra vida en juventud
fue vuestra obra mejor, su mayor gloria.
Dios, que derrota y muerte hace victoria,
volvió vuestro despojo plenitud.

¡Qué generosas fuentes las heridas
con que os selló por suyos el Amado!
Por ellas fue jardín vuestro costado,
brotó la estepa rosas encendidas.

Se alzó sobre las armas, victoriosa,
vuestra voz, aclamando y perdonando,
quedó vuestra palabra iluminando,
quedó vestida en púrpura de Esposa.

De Cristo y de Francisco seguidores,
dadnos para inmolamos fortaleza,
buscar sólo en la cruz nuestra grandeza
y en el honor de Dios nuestros honores.

Al Padre de la Gracia y de la Vida,
al Hijo por nosotros entregado
y al Amor sobre todos derramado,
por vuestro triunfo gloria sea rendida. Amén.

Magníficat, ant. Los mártires, ardiendo en el gozo del Espíritu, decían: «Preparado está nuestro corazón, Señor, preparado está nuestro corazón; vengan cuando quieran a darnos muerte, que nosotros esperamos firmemente la vida eterna de la mano del Dios misericordioso».

La oración como en Laudes.

APÉNDICE I:
Himnos en castellano
OFICIO ORDINARIO

Laudes

Como se abrió la mañana
en esplendores del día,
hoy crece en mí la alegría
para alabar al Señor.

Loado, Señor, tú seas
por el sol y por la vida.
Loado, tú, sin medida;
es mi tributo de amor.

Loado, Señor, tú seas
en el agua y en las rosas,
¡Dios mío y todas mis cosas!
Loado siempre, Señor.

Y con Francisco te alabo
hoy con toda criatura.
Que todas de tu hermosura
son pregoneras y honor.

Al Dios que es Trino y es Uno
den alabanza infinita,
que en todo ser está escrita
la grandeza de su amor. Amén.

Vísperas

La perfecta alegría
sólo está en el amor,
en un amor capaz de dar la vida.

No la dan las riquezas,
si no es una, Señor:
la de tu amor como única moneda.

No la dan los placeres,
y sí la da el sabor
de recibir de ti mieles y hieles.

Ni la da, no, el orgullo,
sino el ser servidor
de todos y por ti, por darte gusto.

La da la paradoja
de abrazarse al dolor
como tú a tu cruz de sangre y mofa.

La perfecta alegría
se logra en el amor,
en ese amor capaz de dar la vida.

Perfecta como tú, genuina joya,
dánosla ya, Señor,
como una gracia que será tu gloria. Amén.

COMÚN DE SANTOS FRANCISCANOS

Laudes

Hermanos, venid gozosos
a celebrar la memoria
de quien hizo de su historia
un holocausto de amor.

Y del Seráfico Padre
siguió el ejemplo sincero
de consagrar por entero
su corazón al Señor.

Hoy celebramos su fiesta
sus hermanos, los menores;
y cantando sus loores
pedimos su intercesión.

Que Francisco nos enseña
la oración de la alabanza
al Señor, que es esperanza,
y en sus santos, protección.

Gloria a Dios que es Uno y Trino,
cantad su bondad constante,
que no cesa ni un instante
de ser nuestro bienhechor. Amén.

Vísperas

Cuando la tarde declina
hacia el ocaso que llega,
mi alma, Señor, te entrega
su tributo de oración.

Y al celebrar a los santos
que te ofrecieron su vida,
con ellos canta rendida
las finezas de tu amor.

Francisco quiso que fueran
sus hijos agradecidos,
y en alabarte reunidos
en un solo corazón.

Hoy la plegaria que entona
nuestro pecho jubiloso
es el tributo gozoso
de gratitud a tu amor.

Gloria los santos celebren
al Trino y Único Dios.
Gloria nosotros cantemos
uniendo a ellos la voz. Amén.

SANTOS VARONES FRANCISCANOS

«¡El Amor no es amado!»  (San Francisco)

Fuiste grito enamorado
de la inefable hermosura
de una increíble locura:
Dios en hombre anonadado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste del dolor flechado
al mirar la horrible muerte
y el cuerpo sangrado, inerte,
de tu Dios crucificado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste tú el anonadado
al alimentar tu vida
con el pan y la bebida
de Jesús sacramentado.
«¡Ay, y el Amor no es amado!»

Fuiste voz, ansia, cuidado
de hacer entender a todos
los hombres, de todos modos,
que sólo existe un pecado:
«¡Ay, que el Amor no es amado!»

Hoy, ya bienaventurado,
en la familia del cielo,
danos repetir tu anhelo
de ver a Dios siempre amado.
«¡Ah, que el Amor sea amado!» Amén.

SANTAS MUJERES FRANCISCANAS

Dichosa tú, que te llamas
hermana de Jesucristo,
y que nutres con su sangre
tu amor al Padre divino,
y amas con él como a hermanos
a todos los redimidos.

Dichosa tú, que te llamas
esposa de Jesucristo,
desposada por el Padre
en el amor del Espíritu,
que compartes sus afanes
y sus bienes infinitos.

Dichosa tú, que te llamas,
sí, madre de Jesucristo,
pues en la fe lo concibes
y lo das a luz en hijos
de tu amor a los demás
y tu amor contemplativo.

Dichosa hermana y esposa
y madre de Jesucristo,
pues te llamas lo que eres,
como él mismo lo ha dicho,
y con él reinas y gozas
por los siglos de los siglos. Amén.

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